¿Por qué le indiqué el camino?
Intentas explicarlo una vez tras otra, pero nadie lo entiende. Nadie que no sea hechicero. Nadie que no se haya pasado decenas de años explorando las ruinas en busca de una cadena de símbolos, un código claro, una garra negra. Los titanes suelen resoplar al escuchar, si es que no se duermen primero. Los cazadores se limpian las uñas con su machete mientras te miran como si tuvieras un tercer ojo.
Pero cuando te has pasado toda una vida analizando misterios en busca de poderes antiguos, te surge la necesidad de educar a otros. Especialmente si te has tomado una copa de más.
No, no era para nada mi tipo. Jugamos a dados, cartas, juegos de guerra... ya sabes, lo típico. No suelo alardear en público. No sé qué me ocurrió.
Tenía una vértebra rota en el bolsillo que había tomado prestada de... Sí, prestada. Iba a devolverla. ¿Quién te crees que eres? ¿Mi conciencia? Era un fósil. Es decir, repuesto mineral. Una roca, vamos. Puede sobrevivir durante unas horas en mi bolsillo. Cállate, anda.
Los Criptarcas no la iban a echar de menos. Todo el mundo sabe que se dio caza a los Ahamkaras hasta que se extinguieron. Ya no hay nada que temer.
«Plantéate lo misterioso que es este sistema —dije—. La cantidad de vida que surgió cuando llegó el Viajero. Como los Ahamkara. ¿Conoces la leyenda? ¿La del dragón que hizo promesas?». Entonces saqué el fósil con una floritura...
Y ella sacó su cuchillo y... empezó a limpiarse las uñas con él. Eso fue la última gota.
«Tú nunca hubieras podido vencer a uno de estos —me burlé—. Nunca. Ni el cazador más grande, ni el titán más fuerte».
Ella frunció el ceño y dijo: «Oh, ¿de veras?». Y entonces me di cuenta de que no iba a ignorar el desafío.
Ya he matado a un guardián antes, pensé. Va a morir. Y todo por mi culpa.
Contemplando el trozo de espina dorsal en mi mano, me pregunté qué me había empujado a decir eso. ¿Por qué tanto orgullo?