Diarios del comandante Jacob Hardy, piloto del Ares I
Tres seres humanos alcanzaron una cresta de montaña y vislumbraron la silueta del futuro. Vieron caer la lluvia en un desierto milenario. Notaron cómo el aire se endulzaba con oxígeno y agua cálida y los comienzos de la vida.
A veces me preguntan si noté cómo algo moría, si sentí el final de la era de autosuficiencia del ser humano.
No sé cómo responder esa pregunta. Sé que me cambió. Nadie es capaz de experimentar tal maravilla sin cambiar en absoluto. A mi entender, las décadas que siguieron lo constatan.
Supe que nunca jamás volvería a volar una misión así. Reconocí la necesidad de encontrar otra pasión. Por eso volqué todas mis habilidades cognitivas en entender al Viajero. ¿Cómo es posible que una entidad reconstruya un mundo entero con tal rapidez? Cincuenta años más tarde y ahora estoy versado en matemáticas, especialmente en las ideas topográficas y la escurridiza irrealidad de la Luz. Estoy metido en un proyecto que estudia la última actividad terraformativa del Viajero.
Pero aún hoy disfruto de las entrevistas. Me gusta recordar la misión.
No hay palabras para expresar la alegría que siento al ver lo bien que ha salido todo. Recordar que una vez estuve allí me llena de felicidad.