Para mi señora Mara Sov, Reina de los insomnes
Esta carta es un ruego, mi señora. Uno sencillo. Por favor deja que vuelva al hogar.
Han pasado años desde mi nombramiento como emisaria. Una vez, me enorgullecía llamarme corsaria a tu servicio. Mis hermanas y yo éramos la parte astuta de tu voluntad, volando por las estrellas para proteger el Arrecife.
Estar a tu servicio fue lo que me mantuvo cuerda cuando arrasaron Amatista. Perder a mis hermanas, toda mi vida, mientras ardía nuestra estación... se llevó algo de mí.
Gracias a ti, me fue devuelto.
Ascendiéndome y permitiendo que me vengara de los Lobos. Dejando que diera rienda suelta a mi furia en la batalla, en una batalla gloriosa. Yo sé, y seguro que tú también, que si no fuera por este nuevo enfoque que diste a mi vida, mi corazón se habría vuelto tóxico.
Fue el orgullo que tenía con mi cargo lo que me mantuvo firme durante la campaña hildiana. Eso me llevó a la victoria en la batalla contra Veliniks, «el kell olvidado», la última esperanza para los Lobos libres. Ahora sé que fue mi terco orgullo lo que me hundió.
Mi señora, te ofrezco de nuevo la única explicación que puedo: nunca imaginé que los guardianes se comportarían como lo hicieron. Lo que yo conozco es el estilo de los insomnes.
Los Lobos estaban atrincherados en ese valle. Las cercanías estaban bloqueadas, todas las líneas de avistamiento cubiertas. Un asalto a su posición era un suicidio. Habríamos perdido valiosas vidas de insomnes. Y para nada. Vi a los guardianes, sabía que estaban tomando posiciones, pero imaginé que habían visto la situación como nosotros. Fue un disparate llamar a los cuervos.
El batallón de ataque del Príncipe Uldren hizo un trabajo magistral. La explosión tuvo una precisión milimétrica. Las explosiones acabaron con los Lobos, con los guardianes y con sus Espectros. Tres equipos de asalto de guardianes, eliminados en un instante, bajo mi mando. La indignación de la Ciudad, la condena del Orador, todo merecido. Todo justo.
Pero hace ya años desde las guerras del Arrecife. La Ciudad, estas... personas. No son como nosotros. No conocen su lugar en el mundo. Y no me escuchan cuando se lo cuento.
Por favor, permíteme que vuelva al hogar con los míos.
Para servirte de nuevo.