Maya, Chioma, Duane-McNiadh y Shim deciden irse de picnic antes de lanzarse a la eternidad.
Aquí arriba no tienen representación biomecánica. Ningún humano en la Academia de Ishtar ha cruzado jamás el cordón de seguridad y caminado por la antigua piedra bajo la Ciudadela, la construcción vex que apuñala al mundo para dañar el tiempo y el espacio. No es seguro. Los elementos vex celulares son infecciosos, alucinógenos y enteógenos. Los elementos de información vex son aún más peligrosos, y podrían contener incluso riesgos de tipo semiótico, ideas agresivas, vex que existen sin sustancia. Incluso ahora, al manejar robots remotamente por conexiones neurológicas, los pensamientos del equipo se transmiten gracias al estratega que los salvó, les dio cobijo y los protegió de los peligros. Sus cuerpos originales están seguros en la Academia.
Pero ellos caminan juntos, apretados, apiñados en el mismo asombro. Luz verde/azul, la luz del antiguo mar, les pasa por encima. Cada uno de sus cuerpos lleva consigo un delgado ordenador. Dentro, doscientas veintisiete copias de sus propias mentes esperan, calmadas y pacientes, para dispersarse.
«Me pregunto de dónde vino», dice Duane-McNiadh. Por supuesto era él quien iba a romper el silencio. «La Ciudadela. Me pregunto si estaría aquí antes de que el Viajero cambiara Venus».
«Podría haber estado latente», sugiere Chioma Esi. Es la líder. Los mantuvo unidos cuando parecía que se enfrentaban a una tortura eterna y real. Ella los sacó de eso. «Planta una semilla, espera un tiempo geológico aceptable de inactividad y crecerá».
El Dr. Shim se encoge de hombros. «Creo que el Viajero hizo algo de índole paracausal en Venus. Algo que afecta al espacio y al tiempo. La Ciudadela parece que viene del pasado, de un Venus distinto al que conocemos. No tiene por qué tener sentido para nuestra lógica, no más que la gravedad de la Luna».
Maya Sundaresh se coloca en el centro del grupo. Ha estado muy callada últimamente. Lo que les pasó a ellos no fue culpa suya y pronto lo entenderá así. «¿Qué más puede hacer...?», murmura, mirando a lo lejos. «¿Una vez que lo comprendió...?»
Chioma la rodea con su brazo. «Eso es lo que vamos a averiguar. Dónde nos puede llevar la Ciudadela y si podemos volver».
Ellos no son nosotros, ya no. Maya mira hacia abajo a sí misma, a su propia copia. «No vamos a ningún sitio. Los enviamos a ellos. Ellos se están separando».
Se rescataron a sí mismos de lo más profundo de una mente vex, doscientas veintisiete copias de ellos mismos, puras e ilesas. Estas copias solicitaron, por voluntad propia, ser enviadas a la red de información vex, para explorar.
Cuando Maya y Chioma se miran, se dan cuenta de que las dos saben que están pensando en una misma cosa: ¿cuántos de ellos permanecerán juntos, adonde sea que se dirijan? ¿Cuántas copias de Maya y de Chioma dejarán de quererse? ¿Cuántas acabarán despojadas de todo, sufriendo? ¿Cuántas serán felices, como ellas?
Chioma sonríe levemente. Maya le devuelve la sonrisa titubeando y después suspirando, sin poder contenerse, suelta una carcajada y todo mejora. Shim dedica a esta pareja un prolongado «Oooh». Duane-McNiadh sigue pensando en la paracausalidad y no se percata de la escena.
Escalan. Cuando encuentran la apertura vex que pretenden usar, superponen imágenes del sol y la arena a la piedra luminosa y las máquinas. Preparan los transmisores y la interfaz que darán vida a doscientas veintisiete simulaciones de ellos cuatro en lenguaje vex, en las enredadas redes de los vex, para saber qué hay ahí fuera y después, tal vez, volver a casa.
En la metáfora que han elegido, preparar el equipo es como preparar un picnic. En esa metáfora, se parecen a sí mismos, no a sus representaciones digitales. Parecen personas.
Duane-McNiadh dice, titubeante, «¿creéis... que podréis usar este lugar para hacer cambios? Si os arrepentís de algo, ¿podréis usar este lugar, para volver atrás, a través de la Ciudadela y cambiarlo?»
«Me encantaría poder volver atrás y cambiarte a ti por algo diferente», dice el Dr. Shim con acritud. Chioma agita su cabeza. Ella es conocedora de las leyes de la física. «El tiempo es coherente consigo mismo», dice. «Creo que es parecido a la historia entre el mercader y el alquimista. Puedes volver atrás y ver algo, o formar parte de algo, pero si lo haces, entonces esa es la manera en que ha acontecido».
«Tal vez puedas traer algo de antes al ahora. Algo que necesites». Maya pasa su mano por encima de la apertura vex, sintiéndola con sus sensores diez mil veces más potentes que una mano humana. Estos cuerpos/copia son limitados. Se bloquean y hay que reiniciarlos cada cierto tiempo. Tienen problemas de latencia, no pueden almacenar mucha memoria a largo plazo. Pero los mejorarán. «O ir adelante en el tiempo y aprender algo vital. Si supiéramos cómo controlarlo, cómo navegar a través del tiempo y el espacio».
«Así que es sólo una manera de hacer que todo sea más complicado». Duane-McNiadh suspira. «Eso no soluciona nada. ¡Nada lo hace! Debería haber aceptado ese trabajo en...»
«Lo hubieras pasado fatal en Clovis», dijo el Dr. Shim. «Los dos sabemos que eres más feliz aquí». Duane-McNiadh se llena de perplejidad y al momento ambos pretenden ignorarse.
Los cuatro configuran la interfaz. Sus copias almacenadas despiertan y se preparan para el viaje, de modo que a medida que trabajan se encuentran rodeadas por los fantasmas mentales de sí mismas: doscientas veintisiete Mayas y Chiomas dándose con el casco y sonriendo, doscientos veintisiete Drs. Shim haciendo apuestas irónicas sobre cuánto tiempo aguantarán allí y doscientos veintisiete Duane-McNiadhs lanzando besos al sol dorado, doscientas veintisiete copias dándose la mano, sonriendo y preparándose para explorar.