Reminiscencias de Cayde-6
Vale, vale... contaré la historia de ese caído en particular.
No sucedió de esa manera. No fue algo activo... no hubo ningún apretón de manos ni mirada gélida de respeto mutuo. No sé ni cuál de sus manos habría que estrechar. ¿Se dan la mano? Debe ser complicado.
Pero bueno, contaré cómo fue. Yo estaba en la Luna. Acababa de descodificar una estructura de la colmena en Mare Imbrium, en busca de un altar, cuando entraron como un enjambre. Tropas y tropas y más tropas de lacayos, brotaban entre las columnas, columnas que en realidad eran caballeros, y las sombras tras ellos exhalaban brujería.
Obviamente, salí corriendo.
Tenía una vía de salida y, aunque estuviera lleno de lacayos, yo también tenía un plan alternativo. Me dirigí hacia arriba. Me refugié a la sombra de una Phaeton estrellada. Vacié la ametralladora, me agaché para recargar y entonces la vi, al otro lado del casco, matando lacayos: una caída con los colores del Exilio, portando los distintivos de un barón, con las banderas arañadas y manchadas de cenizas de la colmena. Estaba sola. Creo que había perdido a su tripulación.
Yo no tenía tiempo para dispararle y ella no tenía tiempo para dispararme, así que continuamos luchando contra la colmena. Los caballeros me empujaron hacia fuera y me vi obligado a retroceder hasta una estructura de piedra elevada, al resguardo de una antigua antena de interferometría. Era una buena posición, así que ella vino también.
Durante un rato no dejamos de matar cosas, lo cual no es muy interesante así que me lo salto.
Y entonces aparecieron las magas. Escalé la antena para obtener un buen ángulo de tiro y ella bajó hasta la base para cargarse a un caballero con sus espadas. Vi eso y la verdad es que no sé expresar muy bien cómo me sentí. Era otro ser vivo, con una racionalidad tangible, que sin embargo no me había aullado ni había intentado comerse a mi Espectro. Me puse a vitorear cuando el caballero cayó.
Cuando al final descendí, sin ninguna munición, la caída estaba apoyada contra una pared, observándome con sus minúsculos ojos negros. El éter brotaba de ella como humo. El caballero no se había dejado matar fácilmente. Abajo había una maga crepitando como las llamas, protegida por una línea de lacayos.
Miré a la caída, preguntándome cuántas vidas humanas inocentes habían sido arrebatadas con esas espadas rotas.
Entonces ella hizo algo de lo más extraño. Sacó su pistola de choque de la bandolera y la tiró en mi dirección, como ofreciéndomela. Cuando fui a recogerla, ella intentó acuchillarme, pero era demasiado lenta. Así que le rompí los brazos y le abrí la garganta. Pero no parecía sorprendida.
A día de hoy todavía me pregunto si me odiaba, si quería que la matara, o si solo quiso ahorrarme la elección.
Maté a varios lacayos con esa pistola.