Diarios de Toland el Fragmentado
Me empujo a mí mismo hasta el filo de la locura intentando explicar la verdad.
Es tan fácil. Elegante como la punta de un cuchillo. Lo explica —y esto no es una hipérbole ni podría estar más lejos de la exageración— TODO.
Pero lo expones y la gente te mira como si estuvieras exhalando polvo. Quizá les falte una estructura subyacente de la verdad. Quizá estén todos descansando sobre un lecho de mentiras al que hay que prender fuego.
¿Por qué existen las cosas?
No, no, no, no, no, no uses esa palabra. No hay ningún «motivo». Eso es teleología y lo teleológico te ciega la vista.
¿Por qué tenemos átomos? Porque la materia atómica es más estable que el caldo primigenio. Los átomos derrotaron al caldo. Esa fue la primera guerra. Había dos formas de existir y una de ellas ganó. Y todo lo que vino después estaba hecho de átomos.
Los átomos formaron las estrellas. Las estrellas formaron las galaxias. Los mundos dejaron de bullir, llenos de roca y ácido, y en esos humeantes mares primitivos la primera molécula aprendió a copiarse a sí misma. Todo esto sucedió gracias a una ley, la ley ciega, que existe sin conciencia o significado. Es la ley más sencilla pero no tiene adoradores aquí (ahí fuera, no obstante, ahí fuera...)
CÓMO LO EXPLICO, es tan sencillo, POR QUÉ NO LO ENTIENDES
Imagínate tres naciones bajo tres grandes reinas. La primera reina escribe un libro de leyes enorme y su reinado es justo. La segunda reina se construye una torre alta donde su gente sube para ver las estrellas. La tercera reina levanta un ejército y lo conquista todo.
El futuro pertenece a una de estas reinas. Su reinado es el más severo y su pueblo es infeliz. Pero ella gobierna.
Esto lo explica todo, ¿entendido? Por eso el universo es como es, y no de otro modo. La existencia es un juego en el que participa todo y algunas estrategias salen vencedoras: la capacidad de existir, de moldear la existencia, de reconstruirla para que tus descendientes —moléculas, estrellas, gente o ideas— florezcan y que otros no tengan espacio para hacerlo.
Y conforme el universo se aproxima a su clausura, los grandes jugadores acaban enfrentándose. En la siguiente ronda habrá tres reinas y todas ellas tendrán ejércitos, y será una batalla de espadas, hasta que una descubra el cañón, o la plaga o las palabras letales.
Todo se vuelve más despiadado y al final solo quedan los más inflexibles (MIRA HACIA EL CIELO) y ellos cazaran los territorios de la noche y extinguirán el primer destello de rivalidad antes siquiera de que sea capaz de entender a qué se enfrenta o qué ha infringido. Esa es la forma de la victoria: gobernar el universo de manera tan absoluta que nada exista de nuevo sin tu consentimiento. Esa es la reina del fin del tiempo, cuya soberanía es eterna porque ningún otro soberano puede derrotarla. Y no hay motivo alguno, igual que no lo había para explicar la victoria del átomo. Es sencillamente la jugada ganadora.
Por supuesto es muy posible que hubiera otro país, con otras reinas, y que en este país ellas se reunieran para crear una sola ley, y una torre y un ejército con que proteger sus fronteras. Este es el sueño de las mentes mezquinas: un lugar gentil rodeado de lanzas.
Pero dudo que esas lanzas aguanten contra la reina del país de los ejércitos. Y eso es todo lo que importa al final.