El hombre al que acabaría conociendo como Jaren Ward, mi tercer padre y probablemente mi mejor amigo, llegó a Palamón por el sur.
Yo solo era un niño, pero nunca olvidaré el lento caminar de su silueta por la senda de entrada a nuestro poblado.
Nunca había visto a nadie como él. Quizá ninguno de nosotros lo había hecho. Él dijo que solo estaba de paso, y yo lo creí... aún lo creo, pero a veces la vida se entromete en las intenciones de uno.
Recuerdo ese día con perfecta claridad. Pero, de todos los detalles —matices y momentos— lo que más destaca en mi mente es la pistola que Jaren llevaba en la cadera. Un cañón inmaculado pero aguerrido. Como una reliquia, colgada por debajo de la cintura, de todas las batallas en las que había luchado. A la vez un trofeo y una advertencia.
Este era un hombre peligroso pero con un cierto resplandor, una pureza en su aplomo que parecía indicar que su ira era algo que había que ganarse, no algo que él repartía por descuido.
Fui el primero que lo vio venir, aunque en seguida todo Palamón acudió a recibirlo. Mi padre me sujetaba mientras todo el mundo permanecía en silencio.
Jaren no emitió sonido alguno tras su elegante casco de piloto. Se parecía a uno de esos héroes de las historias y a día de hoy no tengo muy claro si el silencio entre la gente del pueblo y el aventurero fue fruto del miedo o del respeto. Me gusta pensar que fue lo segundo, pero cualquier verdad que atribuya a aquel momento sería mi propia interpretación.
Mientras esperábamos a que viniera el juez Loken para dar la bienvenida oficial, la impaciencia me pudo. Me solté del agarre de la pesada mano de mi padre y corrí, cruzando el patio, hasta parar a tan solo unos pasos del intrigante sujeto, este hombre tan distinto a todos los demás.
Me quedé mirando perplejo y él fijó su atención en mí, con la mirada escondida tras el grueso visor tintado de su casco. Rápidamente bajé la vista hacia la pistola. Me tenía fascinado. Imaginé los lugares donde esa arma había estado. Todas las maravillas que había contemplado. Los horrores que había soportado. Mi imaginación saltaba de un acto heroico al siguiente.
Casi ni me di cuenta cuando él comenzó a arrodillarse, sujetando el arma como si me la estuviera ofreciendo. Mis ojos solo se fijaban en el revólver, hipnotizados.
Recuerdo que me giré hacia mi padre, viendo la cara de todos aquellos a los que conocía. Encontré preocupación en sus ojos y a mi padre negando con la cabeza como rogándome que no aceptara el regalo.
Volví mi atención hacia el hombre al que más adelante conocería como Jaren Ward, el mejor cazador que este sistema haya conocido y uno de los más grandes guardianes que jamás hayan defendido la Luz del Viajero...
Y tomé el arma con la mano. Cuidadosamente. Con suavidad.
No para usarla, sino para observarla, para soñar. Para sentir su peso y averiguar su verdad.
Esa fue la primera vez que sostuve «La Última Palabra», pero por desgracia no fue la última.