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Fragmento de Espectro: La Edad Oscura 2

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Los hombres de Loken encontraron a Jaren Ward en el patio donde todo esto había comenzado.

Había nueve cañones apuntándolo. Nueve desalmados esperando la orden. El juez Loken, que esperaba detrás de ellos, parecía satisfecho de sí mismo.

Jaren Ward permanecía en silencio. Su Espectro asomaba por encima de su hombro.

Loken contempló a la multitud antes de dar un paso al frente, como reclamando el territorio... su territorio. «¿Dudas de mí?» Había veneno en sus palabras. «Esta no es tu casa».

Recuerdo los gestos de Loken en ese momento. Hacía que pareciera un espectáculo.

Nadie se movía. Silencio.

Empecé a tirar de la manga de mi padre, pero él solo sujetó mi hombro con más fuerza, hasta que dolía. Era su manera de darme a entender que ese no era el momento.

Había estado observando el comportamiento de Jaren durante los últimos meses, conociendo su naturalidad y sus maneras ligeras y seguras. Nunca había visto a nadie como él. Era alguien al que no lograba comprender, pero en cuanto lo vi entendí lo que yo necesitaba. Él era más que nosotros. No mejor. Ni superior. Solo más.

Yo quería que mi padre detuviera lo que estaba sucediendo. En retrospectiva, ahora me doy cuenta de que mi padre no quería pararlo. No one d id.

Mientras Loken menospreciaba a Jaren Ward, se mofaba de él y enumeraba sus crímenes y pecados, mis ojos no se apartaban de la pistola que Jaren llevaba a la cintura. Su firme mano descansaba con calma sobre el cinturón.

Recordé el peso de la pistola. Su comodidad. Y mis preocupaciones se disiparon. Lo entendí.

«¡Esta es nuestra ciudad! ¡Mi ciudad!» gritó Loken. Quería hacer un ejemplo de Jaren y dar a la gente de Palamón una lección de obediencia.

Jaren habló. Calmado. Con claridad. «Ya no».

Loken se carcajeó burlonamente. Tenía nueve cañones de su parte. «¿Esa va a ser tu última palabra, muchacho?»

Se movió de un modo repentino, rápido como un rayo. Jaren Ward dijo mientras disparaba: «La tuya... no la mía».

El revolver de Jaren humeaba.

Loken se desplomó. Tenía un agujero oscuro en la frente. Su mirada vacía contemplaba el infinito.

Jaren se quedó mirando a los nueve matones que lo apuntaban. Uno a uno bajaron el arma. Y el resto de mi vida comenzó ahí, donde dentro de unos años muchas otras terminarían.