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XXXIII: Cuando los monstruos sueñan

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Versículo 4:3 - Cuando los monstruos sueñan

Voy andando por el camino, al planetario, a hablar con mi padre, y entonces escucho un ruido y miro hacia atrás. Mis hermanas vienen detrás de mí, y están destrozando el camino. Tienen unas espadas enormes, espadas de ejecución, y están levantando las piedras del camino. Las piedras están cubiertas de escritura. Son como Tablas. Y debajo hay tierra llena de gusanos.

Tengo que llegar al planetario antes de que me cojan, así que empiezo a correr, aunque alguien me pone la zancadilla de inmediato. Ha sido mi padre. Ha extendido el pie y me agarra por los cuernos y me estampa de morros contra el suelo. El dolor es tan fuerte que casi vomito un gusano.

"¿Por qué no estabas preparado para esto?", dice papá. Lleva unas gafas reflectantes, esas brillantes que usaba para proteger la vista durante las tormentas eléctricas o el fuego marino. Me reflejo en sus tres ojos. "¿No sabías que se pondrían celosas porque no pueden venir al planetario a hablar conmigo? ¿No sabías que se enfrentarían a ti?".

Empiezo a gimotear como si fuera de nuevo un bebé de dos días y digo: "Papá, creí que eras mi amigo. Se supone que aquí estoy a salvo". Pero entonces, me enseña su puño y me doy cuenta de que se está riendo de mí por creerlo. ¿Por qué pensaba yo que estaba a salvo? En su puño tiene un sol negro. Me agarra por la garganta y empieza a verterme el sol negro en la boca.

Veo mi mandíbula en sus gafas. Tres reflejos de mi mandíbula con todos esos dientes.

Así que empiezo a comerme a mi padre. Le doy grandes mordiscos y lo araño. Me como sus piernas, sus brazos, sus gafas, sus ojos y él dice: "Bien, bien. Esto es majestuoso y cierto".

Pero mis hermanas siguen levantando el pavimento, así que no sé cómo volver.