En las profundidades de una fortaleza clandestina se encontraban Felwinter, el Caballo Oscuro, y Citán, señor de la guerra del sector 32 de la Antigua Rusia. Entre ellos, había una pesada tabla de obsidiana pulida.
"Pensaba que no tendrías el coraje de volver", dijo el señor de la guerra.
"Conocimiento de la situación. No coraje. Voy donde puedo ser más útil. Gracias por recibirme". La voz de Felwinter sonó hueca como su yelmo. Citán quería arrancárselo de un puñetazo al Señor de Hierro. Un solo golpe habría bastado.
"Si no recuerdo mal, solías tener un trono en esa cumbre perdida. Pero te uniste a los lobos. No conozco a ningún otro señor de la guerra que tenga una montaña entera".
"La Cumbre de Felwinter".
"Nadie la llama así".
"Los Señores de Hierro la llaman así. Aunque me pidieron que sacara el trono".
La risa de Citán resonó por toda la habitación. "Perder territorio no es bueno para un señor de la guerra". Felwinter apoyó las manos sobre la mesa. Por debajo de ella, Citán apretaba ambos puños que soltaban destellos de Luz.
"Únete a nosotros y lo entenderás", dijo el Señor de Hierro. "Entréganos tu sector. Podrás seguir patrullándolo, desde luego".
Citán habló en voz baja. "Desde luego. Ya sabes que no voy a aceptar".
"Entonces te eliminaremos y nos haremos con tu territorio a la fuerza. Si es necesario, lo haremos una y otra vez".
"Te invito a mi casa después de que nos abandonaras ¿y vienes aquí a amenazarme?". El señor de la guerra se puso en pie, inclinándose sobre Felwinter.
"Para negociar la paz". Citán pensó que ni el mismo Felwinter creía esas palabras. El suelo tembló cuando el señor de la guerra volcó la mesa con una sola mano. Impactó en la pared opuesta, haciéndose añicos. Tentáculos de Luz de vacío llenaron la estancia y se arremolinaron entorno a Felwinter.
Citán conocía ese truco y pensó que podía derribar al Señor de Hierro en el aire.
Pero el impulso de Felwinter continuó en un rodillazo que golpeó la cabeza de Citán mientras se tambaleaba e intentaba defenderse. El señor de la guerra cayó, la parte frontal de su yelmo estaba agrietada. Felwinter aterrizó junto al cuerpo de Citán.
"Lady Jolder me enseñó a hacer eso. La verdad es que los Señores de Hierro me han hecho muchos favores", añadió.
"Sabes perfectamente que prenderemos fuego a este mundo antes de verlo en manos de los Señores de Hierro", dijo esforzándose por respirar y con la cara cubierta de sangre. La Luz de vacío en la mano de Felwinter se partió, al igual que el cuello del señor de la guerra.
"Radegast está distraído. Perún es indecisa. Silimar quiere construir una torre y esconderse en ella. Pero ellos cambiarán el mundo y nadie puede detenerlos", dijo calmadamente Felwinter al cadáver. Abrió su gabardina y sacó una escopeta de bronce. "¿Será para mejor? No lo sé. Pero su intención es terminar la guerra para que no tengamos que dormir siempre con un ojo abierto y armados. Y eso no es poca cosa".
Hizo una pausa, como si estuviera esperando algo.
"Normalmente, te pediría que lo reconsideraras. Intentaría convencerte para venir conmigo. Y para que exploraras los límites de tu Luz. Pero te conozco de sobra, Citán. Lo que haces con las tierras que ocupas, con la gente que vive en ellas. Los otros Señores de Hierro, especialmente Saladino, quizá te dejarían marcharte. Pero yo no".
El Espectro de Citán descendió y se acercó a su dueño caído. El señor de la guerra emergió de nuevo en una columna radiante y profiriendo con un grito demente.
La escopeta de Felwinter retumbó como el trueno dos veces: una por Citán y otra por su Espectro.