Entrada 7: Solo del dolor
La división es la fuerza creadora del universo. La realidad bulle de posibilidades cuando las cosas se descontrolan, vuelan y chocan entre sí. Cuando el resultado se vuelve impredecible, pasa lo siguiente: surgen las posibilidades. Puedo aferrarme a una posibilidad. Agrandar el remolino que ensordece al halcón y lo descentra con sus giros, como quien dice.
Las coaliciones no crecen desde dentro, sino que se forman sumando extraños, creando grietas. Podemos aprovecharnos del "kintsugi" fundacional. Las uniones formadas con oro solo son bellas. No hay nada más fuerte que el monocasco, la pieza entera.
Este es el "Imperio" de Lume. A pesar de la estabilidad que VI nos ha regalado, el Imperio no ha resuelto la tensión que remueve su centro. Lume ha gozado décadas en un momento, aprovechando la generosidad de VI para ampliar y entrenar vastas legiones de armas y soldados barant, para capturar y reformar generaciones de psiónicos. Y, a pesar de tantos esfuerzos, el Imperio sigue careciendo del alma sumativa de una nación. Torobatl sigue siendo demasiado para él. Únicamente ha conseguido crear un movimiento revanchista que se contradice a sí mismo, unido solo por los agravios y disfrazado de ejército.
Las hostilidades comunes crean lazos fuertes, pero los socios principales —barant y psiónicos— siguen siendo enemigos. Los aspirantes a amos y los siervos rebeldes: unidos a su pesar durante milenios, vínculos rotos durante siglos. No han olvidado el dolor. El alma recuerda la huella de los grilletes. Ambas categorías odian a Caiatl, pero la odian por razones distintas, y dichas razones no resultan pertinentes ahora.
Lo que puedo aprovechar es esto: los barant y los psiónicos se detestan. Los barant se creen superiores a los psiónicos. Los psiónicos no han gozado nunca de la libertad necesaria para considerarse supremos. Lume perderá el control de su coalición a pesar de los poderes que le ha otorgado nuestro benefactor, VI. El nuevo estado de Lume no solo se deshilacha, sino que se deshace desde dentro, desde el punto donde la costura debía ser más fuerte.
El Imperio caerá. Lo veo en sueños. Leo lo que hace temblar las hebras de la realidad, pero, hasta que el Imperio colapse, lo aprovecharé para perseguir mis auténticas metas: derrotar a la Vanguardia y acabar con su tiranía. Meteré la mano en el tejido de su Imperio. Tiraré de los hilos adecuados. Los desflecaré de una manera que yo pueda predecir. Avivaré el fuego de forma controlada, dirigiré las llamas y, después, en medio de la violencia, buscaré candidatos prometedores para culminar mi obra.
Primero probaré con los psiónicos. El fruto de la cosecha de la división.
Los cabal —y, en especial, los barant— son longevos. El proyecto de Lume fracasará, pero él perdurará. Esa es la naturaleza cabal, a fin de cuentas: la resistencia. Aunque tenga que ordenar a lo que quede de sus dúctiles músculos que arrastren su cadáver osificado a la orilla de Torobatl, cumplirá su misión hasta el final, y yo estaré con él. Suyos son los posos de mi admiración; que este esfuerzo mío sea una prueba de su entereza, una lección de dolor que lo obligue a hacerse más fuerte. Esta es la lección que me dio VI: el crecimiento y el saber proceden solo del dolor. Algunas culturas antiguas practicaban la escarificación. Yo hago lo mismo.
VI, ¿me estás escuchando? Observa a este receptáculo. Espero tu respuesta.