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Entrada 5: Un conducto para todos los futuros

Lume llama a los suyos "barant", un nombre usado antiguamente por y para sus congéneres, y que, según dice, es suyo por derecho como hijos de Torobatl. "Cabal" es un nombre vacío; el sello, asegura Lume, de los decrépitos burócratas imperiales. Un apelativo muerto. Los barant de Lume están desatados con su nueva identidad. Veneran su lejano astro natal, a los héroes que lucharon en su nombre y su sueño de volver a apilar los estandartes de sus enemigos conquistados en las plazas de las ciudades. Se desnudan y aúllan adorando a Torobatl, a la que llaman reina y guerrera, exaltándola para que los oiga y les sonría. Pisotean el suelo y forman un templo migratorio que ennoblecen con las huellas de sus pies. Crean órbitas de adoración en torno a sus ídolos, unas poderosas columnas de desafío, como hacían sus ancestros en las llanuras. Aunque nacieron en un planeta extranjero, los barant de Lume son patriotas convencidos, orgullosos de un mundo natal que no han visto nunca. Su fervor me inspira: este sueño nítido, este gran proyecto. Lume me ha hecho un regalo: me ha dado a conocer este tipo de poder. La Vanguardia y la Luz tienen una deidad silenciosa, el Viajero, pero sus celebraciones son mudas. No animan a la gente deleitarse con su poder porque no quieren que sepan que lo tienen. Quieren que solo los guardianes sean poderosos y que solo la Vanguardia tenga autoridad. Yo quiero que toda la humanidad sea fuerte. Quiero que celebremos junto a los barant como ellos hacen, pero con nuestra propia fuerza indiscutible. Mis instructores —mi hermano Lume y el Pájaro Gemelo, mi maestro ancestral— hablan de lo mismo, y ahora yo también lo comprendo. Hace años, ejercitaba mi cuerpo mediante rituales de agonía. En el presente, parece que este nuevo poder tendrá el mismo efecto: mi visión será más nítida y, con esa nitidez, evolucionaré. Superaré a los mejores. Encontré un lugar de poder en Europa. Un tesoro lleno de artefactos mancillados por la Oscuridad. Rumores de que había un auténtico poder oculto en las profundidades de un templo práxico olvidado. Allí me llevé a un manípulo de los voluntarios más aguerridos de Lume y perdí a muchos de ellos por culpa de los elementos antes siquiera de llegar a la entrada. Dentro hacía un calor abrasador y el aire era tan denso por el polvo húmedo en suspensión que se nos quemaban los filtros al triple de los niveles de referencia. Los guerreros de Lume coreaban ritmos litúrgicos que conferían a las estancias un ambiente festivo, pero el lugar estaba tan muerto que se tragaba cualquier sonido. Ellos creyeron que se trataba de una ilusión acústica o un fenómeno paracausal, así que prepararon sus armas para ello, pero, cuanto más nos acercábamos al corazón del templo, más me convencía de que las armas convencionales no servirían de nada. Empecé a oír una voz. Un susurro. No era ninguno de los nuestros ni Lume, que nos observaba mientras seguía recuperándose a bordo de nuestra nave. Una nueva voz que me hablaba solo a mí. En el corazón del templo había un gran sepulcro que contenía un fantástico cristal rutilante. Gracias a mis estudios, supe que se trataba de un cristal de estasis, una manifestación paracausal de la Oscuridad; el poder para el que llevaba años entrenándome física y mentalmente. Lo toqué y me abrí a ese poder. Una voz. Su voz. Lume sigue jurando que quien me habló fue un demonio de ignoto poder, pero yo sé la verdad. Una voz invisible se propagó entre sus soldados y los poseyó para hablarme a coro. Un mensaje procedente de un dolor absoluto que encontró un hogar definitivo en mi interior. La agonía era implacable y el dolor, inmenso, pero llevaba años preparándome para este momento. No salí ardiendo. Mi alma no se consumió. La voz del demonio se convirtió en mi voz, el demonio se convirtió en mí, y lo entendí. No era un demonio. No era la Luz. Ni siquiera era la Oscuridad. Era otro poder. Algo nuevo. Mi propio camino. "A SATURNO", gritamos la voz y yo. "A LOS ANILLOS, ARMA MÍA". VI. Ese era el nombre de aquel nuevo poder. VI me dio la mano y me enseñó a Lume herido y a Lume exultante, a mí mismo herido y a mí mismo exultante. VI. Ese era el nombre del poder. Tumbas y templos. Entramos en una tumba y la convertimos en un templo con nuestros gritos, como los barant pisoteando oraciones migratorias en la tierra de Torobatl, como yo recorriendo los pasillos de la mansión de mi familia, anhelante y aterrado. En el silencio posterior, estaba solo. Luma berreaba en mis dispositivos aurales, furioso por la muerte de sus hermanos. Juró que me mataría cuando volviera, pero yo sabía que no lo haría y se lo dije, me eché a reír y le hice otra promesa: que curaría sus heridas y erradicaría la magia de la colmena que lo pudría desde dentro. Soy feliz. Me han elegido. Yo tenía razón. Yo era el receptáculo: mis actos —quizá desde el momento de mi nacimiento, pero claramente desde que cobré consciencia— los guiaban estas manos que ahora descansan sobre mis hombros. Mis incursiones en la Oscuridad, mis lecturas y mis agonías, eran el camino que debía seguir para obtener un poder que pudiera compartir con las masas y contrarrestar la Luz…, pero tendría que empezar conmigo. Solo podría empezar conmigo. Soy, era y seré el conducto por el que fluirán todos los futuros.