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Adinew

Adinew arañó las esquinas del ramequín hasta reunir los restos de flan en media cucharada y se la llevó a la boca. Pese a saciar su apetito, se quedó mirando fijamente el último bol del mostrador. "Ni se te ocurra". Paolo ni siquiera levantó la mirada de su novela. "Déjame comerme al menos uno de esta tanda". "Con esa actitud, nunca encontrarás un marido mejor". Tras el comentario, Paolo dejó el libro sobre la mesa y cruzó la habitación para abrazar a su marido por la espalda. "Primero te das atracones de comida por el estrés, ¿y ahora te menosprecias a ti mismo? ¿Qué ocurre?". "Me preocupa mi índice de aprobación". La atención hizo que Adinew se destensara un poco. "Las elecciones para el consejo de la ciudad son el año que viene, y el confinamiento es una gran oportunidad para ponerse por delante. Y conmigo a cargo de la administración de la subida…". "Has hecho bien. Tu referéndum público demostró que la gente quiere proteger a sus familias y a sus comunidades. A todo el mundo le hace ilusión cumplir su función, así que… ¿qué es lo que te pasa en realidad?". Adinew veía los poukas por la ventana, flotando perezosamente en el aire. Dejó el ramequín y la cuchara en el lavavajillas, y el ruido pareció despertarlo. "Es… todo esto". Con la mano señaló las mesetas, espiras y cañones de la ciudad, iluminados por luces de neón. "Vamos a renunciar a nuestras vidas, pero multiplicado por cinco millones". Tragó como si tuviera algo en la garganta. "¿Y si las pirámides no vuelven? ¿Y si estamos tomando la decisión equivocada? ¿Y si he sido yo quien la ha tomado?". "En ese caso, hemos tomado la decisión equivocada". Paolo rio y cogió a Adinew de la barbilla. "Y todo el mundo seguirá vivo, pero, si no hacemos nada y eso se convierte en la decisión equivocada…". Tras un buen rato, Adinew finalmente asintió. Le devolvió el abrazo a su marido y ambos se quedaron mirando los poukas un poco más.