V: Theraphosa
Glint volvió a comprobar sus coordenadas y entró en el almacén subterráneo de la Araña.
Se movía vacilante sorteando torres de cajas apiladas, debajo de bobinas colgantes y tubos que borboteaban, sobre virutas de cristal fásico y a través de un conducto del que emanaba un humo color lavanda que oscurecía lo que parecía ser un ópalo cuántico. Pero, como la propiedad privada de un isótopo tan inestable estaba totalmente prohibida, Glint pensó que debía de ser una réplica.
Encontró a la Araña trabajando en un banco de consolas, en el centro del almacén. La intrincada serie de corrientes gravitatorias que había en el ambiente hacía que la mercancía se deslizara suavemente. Las oxidadas puertas irisadas se abrían y se cerraban siguiendo las órdenes de la Araña, que dirigía los objetos hacia distintos rincones de su dominio.
"Háblame de Cuervo", dijo la Araña sin alzar la vista. Glint se acercó y se vio a sí mismo en un pequeño monitor. Alcanzó a ver una serie de monitores de seguridad (imágenes de pasillos de la Costa Enredada, un extraño taller y la habitación de Cuervo) antes de que la Araña apagara rápidamente los monitores y se girara para mirarlo. "¿Cómo le va a nuestro amigo sobre el terreno?".
"Bastante bien", respondió Glint. "Se siente más seguro, pero…".
"Bien", dijo la Araña con desdén. Cogió un trozo de serafita que se desplazaba con la corriente de aire, lo miró y lo volvió a colocar en el mismo lugar. "¿Alguien se lo ha dicho?".
Glint no tuvo que pedirle que lo aclarara. "No directamente. Sabe que no era una buena persona, lo dedujo por los guardianes que lo mataron, pero no ha oído su antiguo nombre".
La Araña se mostró satisfecho. "¿Y no ha habido ninguna indiscreción?".
El ojo de Glint parpadeó e hizo un ruido de procesamiento casi imperceptible. La Araña se inclinó. "¿Tienes algo que decirme?".
"Bueno, pues tiene su gracia", dijo Glint. "Se encontró con una hechicera que lo identificó como insomne y…".
"¿Lo han reconocido?", gritó la Araña golpeando el costado de una caja que pasaba flotando. Desde su interior, resonaron unos gimoteos. Glint la miró mientras se alejaba flotando.
"No", dijo Glint. "Ella vio su piel bajo el guantelete. Me dijo que no quería exponerse más, así que se fue".
"Entonces está mintiendo, Glint. Incluso a ti". La luz de los ojos de la Araña parecía apagarse. Se rascó irritadamente el costado con uno de sus brazos inferiores.
"Es cuestión de tiempo", dijo Glint pausadamente. "La gente habla a sus espaldas. Hay rumores de que un tal Chalco lo anda siguiendo. Ha oído cómo los repudiados lo llamaban padre. Tarde o temprano, se enterará".
"Por algo establecí unas reglas".
"Seguir las normas va en contra de su naturaleza", dijo Glint alegremente. Luego, notó el ceño fruncido de la Araña. "Es frustrante, lo sé. Podría preguntarle cualquier cosa al próximo guardián que vea y yo no podría impedirlo".
La Araña gruñó. "Lo impedirás".
"Pero algún día entenderá que no importa quién fue, sino quién es", dijo Glint.
"Mi inversión, eso es lo que es", protestó la Araña. Cuento contigo para recordárselo". Una caja maltrecha pasó flotando y un montón de lumen suelto se arremolinaba en el rayo de gravedad.
El pequeño Espectro estaba callado. Flotó inquieto por un momento y, luego, se puso a la altura de los ojos de la Araña.
"Barón Araña", dijo Glint respetuosamente, "en su corta nueva vida, Cuervo ha visto mucha crueldad. Ha aprendido lo que es sufrir de verdad".
Glint confundió el desprecio de la Araña con un signo de atención y continuó.
"Ya no tiene miedo al dolor. Si quieres que se quede, ofrécele algo más que amenazas", dijo amablemente.
La Araña miró al impertinente orbe y la rabia brotó en su interior. Pero era demasiado viejo e inteligente. Dejó que la ira pasara por su interior, a su alrededor, flotó en sus oscuras aguas hasta que solo quedó su mirada perdida en la superficie.
"Gracias, Glint", dijo tranquilamente. "Te llamaré de nuevo si te necesito".
Glint soltó un pitido de orgullo, se inclinó en el aire en señal de respeto y se alejó sorteando montones de objetos de contrabando.