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ENTRADA 10: Sangre en el cañón

Esta página está cubierta de moho y tiene la marca de un recuerdo… Las palabras vierten experiencia en tu mente abierta… A TRAVÉS DE LOS OJOS DE CATÁBASIS… Las semanas transcurren. "¿Dónde está tu Espectro?", gruñe Bahto mientras arroja a un repudiado hacia una maraña de podridos tentáculos oscuros. Esos tumores fúngicos habían crecido por el Glykon durante la expansión atemporal desde su caída y no habían dejado de propagarse. "No lo sé", refunfuño mientras extraigo una espada rota de mi vientre. "Por ahí, haciendo amigos". "Estoy aquí. ¿Qué necesitas?", dice Gilly, mientras aparece de repente. "Menos agujeros", protesto. Bahto mira a los tres repudiados que nos habían preparado la emboscada, ahora muertos de nuevo. "El resto sentirá sus muertes. ¿Cuánto falta?". "Si la nave no se ha vuelto a mover, no faltará mucho cuando él se levante". Gilly me señala. "¿Qinziq tiene la certeza de que cortar la corona nos enviará de vuelta?". "Funcionará. Será mejor que no hayamos desenterrado esta llave de mando en vano", respondo sosteniendo una llave de seguridad imperial. "¡Dijiste que era para detener a los repudiados!", ruge Bahto. "¿De qué sirve detenerlos si no podemos salir?". "¡Le juré lealtad a Calus y quieres que lo abandone!". Se inclina sobre mí. "Sé lo que es el abandono. Te usó para conseguir lo que quería, igual que hizo conmigo. Se ha ido, Bahto, y vamos camino de ser los siguientes. ¿Dónde deja eso a tu linaje?". Me levanto y una ola envuelve el Glykon. No es algo que se vea, más bien es como una bombilla fundiéndose. Un largo parpadeo antes de que las agujas y los escalofríos lo inunden todo. Parálisis. Puedo oír cómo se mueve por la nave como la tensión del metal frío. Los tres repudiados se contorsionan en una grotesca reanimación. "Puedes quedarte, rompecráneos". __________________________________________________________________________________________________ Llegamos al puente de la nave, los aullidos nos siguen por los pasillos. Sello la puerta con la llave de mando y me reúno con Qinziq debajo de la consola de mando, junto a la entrada de la cámara de observación. Ella está de pie junto a quince soldados lealistas. "¿Falta alguien?", pregunto. Qinziq niega con la cabeza. Inserto la llave de mando en la cerradura de la cámara de observación. Los pistones se separan y la puerta se abre. Qinziq se concentra durante unos instantes. "Está vacía…", su voz emana de su cuerpo. Entramos en la cámara de observación. Los soldados rodean la sala. Bahto pasa junto a la corona infestada de Oscuridad y cae de rodillas ante la ventana de observación. Se queda mirando al infinito. "¿Cómo elegimos quién merece nuestra lealtad?". Me pongo a su lado. "Todos tenemos ideas diferentes. Nadie tiene la razón absoluta. No le debes nada a nadie, Bahto". Qinziq hace un gesto para indicar que está lista. Me acerco a la corona y veo cómo examina con su ojo las huellas calcinadas de los consejeros que comulgaron aquí por última vez. Por los escalones que dan al puente, retumban los chillidos. Los chirridos metálicos anuncian fuego. "Voy a hacer esto para que otros sobrevivan", la voz de Qinziq fluye. "No era mi intención sufrir, pero debí haber previsto el engaño de Calus. La ambición por robar sus secretos nos ha condenado a todos". "Sácanos y estaremos en paz". Ella planta las próximas palabras en mi pensamiento: "Lo haré, porque no deberías estar aquí". Pone las manos sobre la corona. La velocidad se precipita al revés, hacia el infinito, y la realidad circundante se desgarra. Estamos en la nada, hay diecisiete defensores apiñados junto a Qinziq y la corona. Los chillidos se hacen más fuertes y, entre los gemidos del acero doblegándose, la carne temblorosa de los repudiados se vierte hacia la nada con nosotros. Un grupo de falanges con escudos abre fuego y salen postas en todas direcciones que derriban fila tras fila de repudiados con una fuerza explosiva. Entre ráfagas, los incendiarios se adelantan para incinerar los restos. Me sumo a la fila y disparo a matar contra los invasores antes de que puedan apuntar con sus armas a nuestro anillo. Lanzo granadas de muro de vacío para contener la inundación. Qinziq grita en su esfuerzo por cortar el vínculo y el Glykon se sacude contra las olas de Oscuridad. Un fuego negro le quema las manos y la nada nos envuelve. Luchamos hasta que el suelo queda cubierto de repudiados muertos y casquillos vacíos. Los chillidos cesan. Los arañazos metálicos resuenan por la cámara de observación y una ola de Oscuridad sacude de nuevo el Glykon. Los repudiados no incinerado se agitan y retuercen al iniciar la reanimación. Los soldados sucumben al pánico y disparan contra los montones de cadáveres que se retuercen, con la esperanza de impedir el proceso. En medio del caos, un relámpago corta el aire y parte en dos a tres legionarios y un tanque incendiario. La explosión mata a siete. El círculo se estrecha. En respuesta, disparamos al relámpago y nos encontramos ante dos fétidas abominaciones. Entran a la cámara crujiéndose los nudillos. Cargo contra una y me deslizo hacia el vacío para sacarle las hojas de la vaina. Bahto recoge del suelo el escudo de una falange y desafía a la otra abominación. El escudo para sus proyectiles. Con las armas que nos quedan, los hostigamos con postas hasta que acortamos la distancia. Le corto lo que debería ser las manos y la cabeza a una abominación y Bahto estampa su escudo donde tendría que estar la cara de la otra. Qinziq grita. Giro sobre mis talones y la veo envuelta en llamas negras. El cosmos se acelera a nuestro alrededor. Ella nos transmite su dolor para poder aferrarse unos instantes más, pero es en vano. Miro a Bahto; detrás de él, en la profunda nada, una colosal silueta se arrastra con un incensario ardiente y, en ese momento, tengo la certeza de que vamos a morir. FRENÉTICOS GARABATOS EN LOS MÁRGENES: Abro un escondite bajo el quirófano. He guardado algunas piezas de tecnología de laboratorio cerca.