VI. Vértigo
"Nunca he entendido a los psiónicos". Lord Saladino se asomó por el precipicio del muro hacia el desierto rocoso. Cerca de allí, Osiris observaba al prisionero psiónico, sujeto por unos viejos grilletes de hierro.
Saladino continuó: "Los cabal os conquistaron y, ante una fuerza militar superior, hicisteis lo que tuvisteis que hacer para sobrevivir. No hay nada malo en eso".
El psiónico abrió sus húmedas aletas faciales y clavó su único ojo en el Señor de Hierro. Saladino se preguntó si su mirada era desafiante o si simplemente no podía respirar sin su casco. Le sorprendió tanta repugnancia.
"Incluso después de la huida de Calus y de la derrota de Ghaul, os seguís sometiendo ante tiranos como Caiatl. Si os alzarais, podríais conseguir la verdadera independencia en lugar de conformaros con las sobras que ella os arroja". Saladino sacudió la cabeza con desprecio. "Vuestra cobardía neutraliza vuestro poder".
Se hizo el silencio y el Señor de Hierro notó un curioso cambio en el ambiente. Una frecuencia aguda llenó el aire. No era un sonido, sino una vibración de alta intensidad que parecía emanar del interior de su propia cabeza como una incipiente migraña.
Osiris se rio. "Nuestro amigo no está de acuerdo".
Saladino gruñó y cogió al psiónico por las muñecas, encadenadas. Arrastró a su prisionero hacia el borde del muro y lo alzó sobre el precipicio. Se sorprendió al notar lo ligero que era sin armadura, como un pajarillo escuálido.
Osiris resopló asqueado y miró hacia la Última Ciudad. No creía que el torpe interrogatorio de Saladino fuera a surtir efecto, pero los métodos más sutiles no habían dado frutos con el psiónico.
"¿De dónde sacasteis esa tecnología capaz de apagar la Luz? ¿Cómo modificasteis los motores de predicciones?", rugió Saladino. El Señor de Hierro se mantenía firme mientras que el psiónico se retorcía débilmente. "¿Dónde están? ¿Dónde está el resto de la célula?".
El único ojo del psiónico se movía frenéticamente y Saladino sintió el vértigo recorriendo su cuerpo, como si fuera él el que estaba suspendido a cien metros del suelo. El titán respiró hondo.
"Tarde o temprano, los encontraremos. Y tú no lo puedes evitar. Lo único que puedes evitar es tu propia muerte. Dinos dónde están".
El psiónico comenzó a temblar como un cervatillo asustado. Pero no dijo nada. En su lugar, decidió atacar al Señor de Hierro con otra oleada de vértigo.
Era como si la pared estuviera doblándose bajo el titán. Él gruñó con los dientes apretados. "Por última vez: ¿dónde están?".
De repente, Osiris estaba junto a Saladino. El vértigo desapareció. "Lord Saladino", intervino. "Esto es una pérdida de tiempo. Tú deberías reconocer la terquedad sin límites mejor que nadie".
"Tienes razón". Saladino miró al psiónico con silenciosa admiración. "Si yo estuviera en su lugar, preferiría morir antes que traicionar mi lealtad".
El Señor de Hierro inclinó la cabeza ante el psiónico en señal de respeto y, luego, sin esfuerzo, lo dejó en el borde.
En la fracción de segundo antes de que la gravedad hiciera su trabajo, Lord Saladino se encontró con la mirada del psiónico. De repente, se vio reflejado en la pupila de la criatura: un feroz ogro con armadura metálica, lleno de violencia. Un primate bruto con un poder divino. Una mente frágil atormentada por la inmortalidad.
Saladino sintió el terror de la criatura. Pero también sintió a los antepasados del psiónico bajo sus pies. Sintió sus manos acercarse para abrazarlo en un reconfortante vacío. Oyó cómo lo llamaba el coro de su eterna armonía. Un conjunto caleidoscópico de emociones brotaba de su corazón; nunca había sentido nada similar como humano.
En ese breve instante, se sintió en paz.
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Luego, el psiónico desapareció y Saladino estaba de nuevo a solas con Osiris.