¿Eres tú?
Me alegro mucho de que me hayas encontrado tú.
He visto muchos horrores futuros con estos ojos robados, pero ahora, cuando al fin ansío conocer lo que está por venir, ni la más mínima esperanzA me rec000nforta. ¿Eres tú quien lee este mensaje? Creo que has de ser tú, joven. ¿Quién si no iba a andar buscándome? Ikora confía en que sus Encubiertos regresarán cuando sea necesario, Cayde se tiraríAAA del Salto Ángel en un barril antes de admitir que me ha echado de menos y dudo que sea la prioridad de Zavala en su larga lista de preocupaciones.
Tú eres la única persona que saldría en mi busca.
Nunca he necesitado que vinieras a salvarme. No me había convertido en un cadáver reseco ni en un Espectro inerte o una voz del comunicador destinada a morir antes de me tendieras la mano. Me arrastré hasta salir de ese agujero, conseguí regresar a la To000rre y, si… carecí de sutileza alguna al lanzarte contra la colmena, si di a entender que te utilicé para cobrar mi venganza, créeme cuando te digo que tus victorias han sido lo más cercano a la alegría para mí.
Supongo que tendrás preguntas: ¿qué había planeado con la reina? ¿Qué destino me deparó tras la caída de Oryx? ¿Qué sucede en esta ciudad en la que los sueños se han vuelto pesadillas? Puedo guiarte para acabar con esta maldición al igual que una vez te guie para acabar con Oryx. Pero en la CiudAAAd Onírica, al igual que en los mundos secretos de la colmena, las diferencias entre el acto y el actor son casi nulas.
Si pretendes comprender lo que digo, antes tendrás que comprenderme a mí.
Perdí a mi Espectro y mi Luz por culpa de la colmena; conspiré con la reina de los insomnes para acabar con el rey de la colmena, Oryx, y su hijo Cro001ta, y para otorgarle un papel protagonista a la reina Mara en este juego cósmico, me escapé de tu Torre para preparar la prueba que se avecinaba, al mar de los aullidos, que llama a todos los que tratan de medir el poder de la magia de la colmena.
Solo podré filtrar estas cartas en los obsequios de la reina cuando las estrellas se posicionen adecuadamente. Tendrás que esperar hasta la próxima ocasión, y entonces, supondrá el comienzo de la verdad. Pero te prometo que, sea cual sea la verdad que haya inculcado en tu mente, al final de mi relato sabrás quién soy en realidad.
En mi primera vida mi nombre era Erisia Pyatova-Hsien. Ahora recuerdo esa vidaDíada con claridad, al igual que muchos antiguos guardianes al escapar a la oclusión del Viajero. Vivía en San Petersburgo, era la primera hija de un segundo matrimonio, una impaciente niña terrícola del siglo XXII que, a menudo, sufría abandono familiar, pues el trabajo los requería en Yakarta, Kamchatka y Lagos, y pasaba los días nadando en la helada bahía del Nevá.
Me gustaba mucho nadar, y me encantaba la claridad de las aguas poco profundas de la gélida bahía, diáfanas como el alba invernal. Las enormes barcazas aerodeslizadoras Zubr-9 acaparaban las aguas. Rusia había modernizado sus canales mucho mejor que su triste industria automovilística. ¿Te resulta extraño escucharme hablar de manera informal? Cuando era niña nunca nadaba demasiado lejos del dron ayudante de mis padres, Fyodr. Los veloces aerodeslizadores me aterraban, con esas turbinas frenéticas listas para tragarme y trocearme en cachitos. Pero crecí y empecé a juntarme con gente imprudente, personas rebeldes en contra del abrumador miedo a la muerte que perseguía a los de la Edad de Oro. Pronto, el arnés de seguridad y la atenta mirada de Fyodr empezaron a molestarme.
Con diecisiete, me enfundé un traje de neopreno, dispuesta a bucear bajo el casco de la primera barcaza que pasara. Puede que no supusiera un gran riesgo, puede que la barcaza hubiera cambiado el rumbo de haber sabido queGéminis iba a hacerme daño, pero yo creía que podía morir y, aun así, lo hice. Y conforme esa bestia me pasaba por encima y yo temblaba bajo el rugido de sus hélices, sentí algo que se asemejaba a lo que más tarde conocería como la Luz. Puede que aquello pudiera considerarse heroísmo, puede que fuera supervivencia al límite de la muerte.
Fue la primera vez que sobreviví al paso terrible del poder divino.
Terminé muriendo veinte años más tarde, cuando traté de nadar sin ayuda de nadie desde San Petersburgo hasta Estocolmo en pleno invierno. Un frente frío tan extremo como las calderas del infierno pudo conmigo. Me habían advertido de que el trayecto era un suicidio, incluso para una mujer perfectamente preparada y con el recubrimiento ideal en traje de tiburón. Pero era una época vertiginosa y llena de valentía en la que no quedaban muchos logros por completar salvo los verdaderamente suicidas. No me arrepiento. Creo que la muerte me preparó para la travesía más larga, oscura y terriblemente cruel que jamás habríaPrivada vivido. No es ninguna casualidad que mi Espectro me representara en forma de mujer nadando antes que en cualquier otra de mis formas más jóvenes y menos sombrías.