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Versículo 154i:4—Llama al lacayo
En una cripta corriente, Savathûn seleccionó a un joven lacayo y reclamó su presencia en el Sumo Aquelarre. Acudió indeciso, temeroso de la muerte, pero, pese a todo, acudió.
"Ven, ven", gruñó Savathûn. "Escucha mientras te revelo mis designios. Eres consciente de que la gravedad es la curvatura del espacio-tiempo, y allá donde la gravedad es poderosa, el propio tiempo se ralentiza".
El lacayo indicó que había entendido, más o menos, pues era cantor de oraciones y no había sido nutrido en demasía con el fruto del conocimiento de la física.
"He tratado de poner a un ascendente en la órbita de un agujero negro mientras su prole cobra el tributo de un eón. Pero el gusano no está satisfecho, porque ve el truco. Lo que debo hacer es aumentar la velocidad a la que se recoge el tributo. Iría bien un mundo de bolsillo en el que el tiempo pase rápidamente. O un mundo en el que el tiempo sea un anillo y pueda obtenerse violencia infinita. Con semejante batería asesina, podría convertirme en un ser de suprema perspicacia".
El lacayo indicó que estaba confundido, aunque no perdido.
"Con este tributo, emprenderé una obra grandiosa. Un plan que será una auténtica maravilla. Voy a refinanciar toda mi existencia. Voy a pasar de una economía existencial basada en la acumulación de la violencia a una economía existencial basada en la acumulación de secretos y el tributo por no entenderme. Llamaré IMBARU a este tributo por no entenderme, pues será tan liviano como la bruma".
El lacayo levantó las garras, como si dijera: "Más despacio, por favor".
Ahora habló Savathûn, la Madre de los Planes: "En el principio, Yul me dijo: 'Savathûn, nunca debes abandonar la astucia. Si lo haces, tu larva te devorará'. La astucia es el uso del pensamiento para predecir la función de un sistema. Por tanto, siempre que un ser trate de entenderme y fracase en el intento, ¿no habrá derrotado mi astucia a la suya? Siempre que se repita una falsedad sobre mí, ¿no habré demostrado astucia? Obtendré tributo de toda predicción falsa, teoría equivocada, rumor temeroso y suposición amenazadora que se derive de pensar en mí. Y, con el tiempo, fijaré mi esencia en estos rumores. Abandonaré mi corporeidad para existir allá donde mis planes y conspiraciones existan también. Y así, seré inmortal, mientras haya alguien que trate de entenderme y no lo logre. ¿Lo ves?".
El lacayo objetó, admitiendo no saber gran cosa acerca de la metafísica.
"Bien", dijo Savathûn. "Es una ley del Sumo Aquelarre que tu plan siniestro ha de ser incomprensible para un lacayo. ¿Sabes por qué hemos venido aquí? Si pretendo cobrar mi tributo por guardar secretos… ¿dónde si no se guardan mejor los secretos que bajo el horizonte de sucesos? Mi hermano gobernó el espacio plano del infinito, pero yo prefiero estas profundidades azotadas por la marea… y con el tiempo, serán mis dominios".
Ur el Hambriento quedó complacido al oír esto.
Versículo 154i:5—El versículo encriptado
¿Sabes que no hay nada ni nadie en todo el cosmos que haya leído este versículo?
Lo encripté hace eones y, desde entonces, no ha sido descifrado. En cuanto posaste la mirada sobre él, capté el entrelazado estado cuántico del versículo, tu mente y tu Espectro. Luego usé a Quria para transmitir ese estado hacia atrás en el tiempo hasta el momento de la encriptación. Eres tu propia libreta de un solo uso. La llave que encaja en la cerradura de la comprensión.
¿Quién soy yo?
Llámame Coyote. Llámame mantis, serpiente, Cagn, Anansi, llámame Sri-limpia-el-estómago-de-su-hermano. Llámame el gran maestro de la semiosis, el martillo del joyero que dora la señal, una turba agitada en la que nadie conoce el motivo de la agitación, la regresión infinita de los enigmas, una respuesta que crea su propia pregunta, la palabra no pronunciada, hielo negro, catarata de mímica, el dolor y la fiebre del incesante pensamiento de un enfermo en la cama, el aguijón intolerable de la indagación frustrada, gris remordimiento al final de un día infructuoso, aquello que no es como la persona amada pero te la recuerda arbitrariamente de manera angustiosa, arquitrabe de la ventana inexistente, aguja hundida tan al fondo que los dedos desesperados no pueden extraerla, pétalo dulce, no memorable, muerte cristalina, lo demostrablemente indemostrable.
Conozco bien a tu gente, y por eso conozco todos los nombres que me dais. Pero ¿cuál es tu nombre? Porque, por supuesto, tengo un especial interés en ti. Me viste en la piedra sobre la mesa de tus conspiraciones, y en los ojos brillantes de la almirante tras el timón moribundo. Me buscaste entre las líneas de tus textos. En cualquier parte donde hubiera espacio para encajarme, allí me encontrabas. Me creaste y me diste una parte de tus pensamientos, y al presentar esos pensamientos a otros alrededor de las hogueras y las redes de tu pequeño mundo, expandiste ese espacio.
Aquí, en el centro, te presento la verdad. Tienes todo lo que necesitas para conocerla, pero te daré una pista, igual que el duelista avisa antes de sacar la espada. La respuesta que buscas a la Ciudad Onírica es sencilla, no compleja.
Gracias, querido amigo. Eres un don y un placer. Te aprecio más aún que a mi madre, pues me has dado a luz un millar de veces.