X. El monumento
En lo alto de las murallas el aire era escaso, en eso Lakshmi tenía razón.
Mithrax observaba en silencio el monumento conmemorativo que habían erigido en el vestíbulo principal. Se apoyó en una barandilla de hierro y observó cómo guardianes y ciudadanos se movían entre los elixni.
Un escoria se acercó al monumento y le indicó a su hijo que se colocara entre los asistentes. Animado por un empujoncito, el niño avanzó para colocar suavemente una cáscara de huevo dorada en la base del monumento. La soldadura dorada había sellado un sinfín de fracturas dejando el huevo entero de nuevo. A Mithrax se le hizo un nudo en la garganta al verlo. Era en memoria de un niño perdido.
La pasarela que había detrás de Mithrax crujió y vio la enorme silueta de San-14 recortada sobre el cielo despejado. Hombro con hombro, se quedaron juntos y en silencio.
Observaron cómo Ikora y Zavala conversaban con los asistentes que se iban. El escoria y su hijo se acercaron. Con una sonrisa agridulce, Ikora les presentó a Zavala. El enorme, estricto y estoico Zavala se arrodilló para hablar con el niño cara a cara.
"Nunca pensé que llegaría este día", dijo San rompiendo el silencio, incapaz de apartar la mirada.
Mithrax respondió, pero no con palabras, sino con un sonido similar a un ronroneo e imitó la postura de San.
"¿Crees que durará? ¿Una alianza frágil como el cristal, apretada en un puño?", preguntó San.
"Solo la Gran Máquina sabe lo que se esconde tras el horizonte. Debemos conformarnos con nuestras limitadas perspectivas", dijo Mithrax con convicción.
San asintió. Se fijaron en Amanda Holliday, que se arrodilló ante el monumento y encendió una vela. Se incorporó y retrocedió unos pasos. Mithrax y San la observaron en silencio. Entonces, Amanda se puso de puntillas y empezó a mirar entre la multitud, como si estuviera buscando a alguien.
Se abrió camino entre la muchedumbre y se acercó a una mujer ataviada con una capa blanca. Ambas retrocedieron sorprendidas y Amanda se disculpó. Al parecer, se había confundido. Intercambiaron unas palabras y sonrisas incómodas. Sin embargo, cuando Amanda vio a Lord Saladino, se dio media vuelta y desapareció entre la multitud.
Los asistentes se apartaron para dejar pasar al Señor de Hierro, mostrándose respetuosos por su reputación y dándole espacio. Con solemnidad, él dejó un puñado de casquillos gastados delante del monumento. Mithrax no comprendió el simbolismo de tal ofrenda.
Saladino se incorporó, se giró y alzó la vista para mirarlos con un rostro ensombrecido por las dudas, el remordimiento y la incertidumbre. Luego, se fue en silencio.
"A ese no lo conozco", dijo Mithrax a San. "Parece… infeliz".
San meneó la cabeza. "Lord Saladino", explicó. "Ha perdido a mucha gente. También ha perdido el corazón y la esperanza. Ha perdido tanto que cree que está solo, aunque esté rodeado de gente. Entiendo su dolor. Veo…", San piensa en cómo lo describiría Osiris, "… la moraleja de su historia".
Mithrax percibió el dolor en la voz de San. "¿Y tú cómo estás?".
San se tensó ante la pregunta. La barandilla crujió bajo su mano al apretarla y el metal se dobló. "Estoy bien", mintió.
"Ya lo veo", dijo Mithrax con su mejor tono irónico y, luego, posó una mano en el hombro de San. "Los guerreros también pueden sentir dolor y expresar sus heridas espirituales". Mithrax le dio un reconfortante apretón en el hombro. "Los guerreros también pueden venirse abajo".
San asintió con timidez. "Tengo que irme", dijo en un tono que Mithrax no entendió. "Gracias, kell de los kells. Eres un verdadero amigo".
"Cuídate, San", dijo Mithrax preocupado. "Encuentra a tu fénix perdido".