Vance: Pájaro cantor
Cuando el hermano Vance se quedó solo en el santuario, reunió sus pocas pertenencias y salió a la superficie de Mercurio. No tardó en dar con la entrada al Bosque Infinito, como si hubiese practicado mentalmente el viaje sin descanso. Y así era.
Pero esta vez, se adentró en él.
El bosque aullaba. El vacío vertiginoso lo cogió por sorpresa. Los ecos no tenían sentido. Dio un primer paso en el lugar sagrado y cayó de rodillas vomitando.
Luchó con su propia mochila mientras una tempestad le atormentaba los tímpanos. Desenfundó su Simulacro infinito, tan pequeño en aquel inmenso espacio; y, con los dedos temblorosos, lo sincronizó con la frecuencia de la grieta en el bosque. Sonó un tictac parecido a un metrónomo, y entonces…
Silencio. El bosque estaba sellado.
Con cautela, Vance se abrió paso a través de la enorme piedra en la que se encontraba. A la vez, saltó sin esfuerzo de esta como si ya lo hubiera hecho innumerables veces antes. Al mismo tiempo, se elevó. Se desplazaba en todas direcciones, cayendo, riendo, cantando; por cada camino, hacia cada realidad, difundiendo su mensaje de esperanza.
Y el verdadero, el auténtico Vance, sentía a sus paralelos infinitos brotar de él. Sentía que lo sostenían al pasar. Dio las gracias sin articular palabra, incapaz de respirar de alegría, y sintió cien mil manos de consuelo. Se dio cuenta de que estaba llorando.
Allí, en la espiral de ecos dorados, el hermano Vance alzó la voz y comenzó a cantar:
"Some hope for…".
Su propia voz respondió desde atrás: "The future". Completó el verso.
Vance se abalanzó en su dirección. Reconoció la sensación de su propia capa y las manos se aferraron a la garganta. Su forma se retorció, se tornó fría y afilada al tacto.
Tiró a Vance al suelo, pero aguantó. Tanteó con las manos la cara de esa cosa, hasta colarlas bajo la venda de los ojos, y hundió los pulgares.
La cosa bramó. Vance pensó, mientras esbozaba una amplia sonrisa, que vaya mala suerte que todavía tuviera ojos.