III. Corazón- verdad
Mithrax se movía con cuidado por el hangar. El zumbido de los propulsores gravitatorios al ralentí y el silbido que emitían los montacargas neumáticos le daban dolor de cabeza. Entornó los ojos para ver la interfaz al otro lado del muelle y paró en seco; incluso entre aquella cacofonía, la ausencia de San era clamorosa.
Mithrax bajó la mirada cuando una paloma gris ceniza se cruzó en su camino hasta quedar oculta tras un estante de bloques de motores. Mithrax inclinó la cabeza y la siguió. Cuando corrió una cortina de cables sueltos, encontró a San sentado al borde de una de las plataformas de atraque, observando la Ciudad. Geppetto, la Espectro de San, flotaba taciturnamente sobre el hombro de su guardián. Cuando Mithrax se acercó, esta asintió sin decir nada y se fue volando al centro del hangar para dejar a los dos amigos a solas, con la única compañía de la bandada de palomas que merodeaba sin rumbo a su espalda.
"Hacía tiempo que no venías de visita", dijo Mithrax. El casco con cresta de San estaba en el suelo, junto al titán, y el elixni lo apartó con cuidado para sentarse a su lado.
San no se inmutó. "¿Vienes a ver qué tal estoy?", preguntó en un tono inexpresivo.
Mithrax sopesó la pregunta. "Sí", respondió. "¿Cómo estás?".
San sacudió la cabeza. "No lo sé", confesó con evidente cansancio.
"No pasa nada por no saberlo", comentó Mithrax. "¿Cómo te sientes?".
"Me siento como…". San se puso la mano en la coraza y clavó los dedos con fuerza en el metal. Mithrax se aguantó las ganas de pedirle que parara. "Como si no fuera quien pensaba que era".
Mithrax se echó las manos al pecho instintivamente. "Cuando te encontraron, Ikora mencionó que te movías y hablabas como si estuvieras soñando".
"Puede que llevara mucho tiempo soñando". San se miró las manos, tenía los puños cerrados; las aflojó y entrelazó los dedos sobre su regazo. "La Voz Cantante me despertó", susurró.
Mithrax percibió la oscuridad en la voz de su amigo. "¿Qué te dijo?", preguntó en un tono amable.
"La verdad", dijo San con solemnidad.
Mithrax se quedó sentado en silencio.
"Me dijo que soy una mentira", dijo finalmente San. "Una copia. Dijo que soy los restos de otra realidad, un reflejo desfigurado del interior de la Red Vex. Osiris y su portaluz me arrastraron a este mundo, pero este no es mi sitio".
"¿Dónde estamos?", preguntó Mithrax.
San gruñó y desestimó la pregunta. "No me vengas con ocurrencias. Osiris hace lo mismo, ya estoy harto".
Mithrax volvió a guardar silencio.
"Estamos en la Torre", murmuró San.
Mithrax asintió. "Estamos", reiteró, haciendo hincapié en la primera persona del plural.
San miró al elixni y cerró los ojos como asintiendo. "Sí, sí. Una ocurrencia como las de Osiris. Ahora digo que este no es mi sitio y… Ya veo por dónde vas".
Mithrax se levantó. Reparó en un palé cercano con un montón de bolsas de lona de colores vivos y se acercó a él lentamente. "¿Qué voy a decir?", preguntó por encima del hombro.
San suspiró y se echó hacia atrás, apoyándose en las manos. "Vas a decir que tú, Misraaks, orgulloso elixni de la Casa de la Luz, estás aquí, en la Última Ciudad, bastión de tus enemigos. Y que, si hay alguien que está en un sitio que no es el suyo, ese eres tú".
Mithrax sonrió para sí mismo y rasgó la esquina de una de las bolsas de lona. Se derramaron unas semillas doradas.
"Y aun así, caminas con libertad, has hecho muchas amistades, hablas con San-14, el gran monstruo, das de comer a sus pájaros", continuó San.
Mithrax sonrió. Esparció un puñado de semillas y las palomas se arremolinaron detrás de San.
De repente, se le nubló la visión. Se le agudizó el dolor de cabeza, que se volvió casi incapacitante. Se dobló hacia delante cuando sintió un instinto repentino —GOBIERNA, KELL— rugir dentro de su pecho.
Las palomas se asustaron y alzaron el vuelo apresuradamente sin tocar las semillas del suelo.
San seguía contemplando las palomas revolotear en el cielo y descender hacia la Ciudad. Mithrax se envolvió en sus brazos hasta que el temblor se desvaneció y le dio una larga bocanada al éter.
"Eres un buen amigo", murmuró San sin apartar la mirada de la Ciudad. Mithrax volvió con él lentamente y se sentó de nuevo a su lado.
"Lo intento", dijo en voz baja.