Gafe
Una musiquilla electrónica rompe el silencio de las profundidades: un himno alegre y eléctrico en una catedral de huesos. Los lacayos se asoman, pero enseguida pierden interés y se van. Gafe no tiene tiempo para enseñarles las maravillas de la música. Necesita concentrarse.
Su acólita merece ser perfecta.
Detiene su melodía y le da un último empujoncito a las falanges sueltas para que vuelvan a su lugar. Ningún Espectro necesita el cadáver entero para revivir a su pareja, pero el cuerpo de su compañera era un lienzo sagrado. Merecía tanto amor y consideración como la pintura misma. Y con cada falange recolocada, ¡las expectativas se hacían más hermosas!
La pequeña Espectro observa el cuerpo, colgado y empalado, con el centro grotescamente atravesado por una de esas espiras góticas que tanto les gustan a los de la colmena. Habría preferido tenderlo boca abajo, algo más ceremonial y apropiado para el momento sagrado en el que la vida regresa a la carne muerta. Su guardiana merece la perfección, pero el destino le impone demasiadas limitaciones a un pequeño orbe sin manos y Gafe había aprendido a sacar lo mejor de las circunstancias desagradables.
Examina el cuerpo de nuevo. Todo está en su lugar. "¡Pigmalión tiene mucho que envidiarme!". Con la aleta de su carcasa, toca la mejilla hueca, segura de que ese gesto se convertiría en una muestra de afecto entre las dos.
Gafe retrocede y, tras un momento de pausa para sentir las mariposas en…, bueno, no en su estómago, pero en algún lugar…, su carcasa gira y se divide formando un maravilloso firmamento que baña de Luz a su acólita. El dedo recolocado cariñosamente se mueve primero, se retuerce y se tensa y, con un ruido espantoso que parece entre una succión y un grito, el cadáver se libera de la estaca que le atraviesa el pecho.
"Estás viv…".
La acólita se abalanza ferozmente con una extremidad torcida, derriba a Gafe al suelo y suelta un chillido aterrador. Sus débiles garras arañan la empuñadura maltrecha de un triturador, la acólita se lo lleva a la mandíbula con desesperación y grita de nuevo. Aprieta el gatillo y cae inerte. Otra vez.
Gafe se queda mirando unos minutos, con la mirada fija en el dedo reconstruido cuidadosamente, ahora inmóvil sobre el gatillo.
Se inclina y luego levanta la mirada con un suspiro. "¡Podemos pasarnos así el día entero si quieres!".
Con la solapa metálica de su carcasa, toca afectuosamente el cuello sin cabeza. Gafe vuelve a empezar. Su voz tararea alegremente una vez más. "¡Tarde o temprano, seremos mejores amigas!".