RENACE
Eres huesos blancos e inmaculados arrastrados a una orilla olvidada. Tres costillas, seis nudillos, dos fémures y un sacro. Los huesos son porosos y viejos. Sin médula ósea. No te enterraron. ¿Alguien lloró por ti? No puedo saberlo. Estás atrapada entre rocas afiladas, y nadie te ha encontrado.
¡Pero yo te he encontrado! Te he buscado durante mucho tiempo y ahora te he encontrado. Eres huesos blancos e inmaculados, ¡pero estás cantando! Me estás cantando a mí; cada hueso, la misma canción. Resuena en mí. La siento en lo más profundo de mi ser, en este pequeño núcleo mío que intenta discernir lo que esos huesos pueden ser.
Te veo, veo dentro de ti, con una ráfaga de luz azul. Se hunde en tus huesos, y veo cada promesa que hacen. Voy a traerte de vuelta, de regreso a casa, adonde perteneces. A mi lado; conmigo.
Esto es quien soy, lo que soy. Para eso me hicieron. Protejo tus huesos con músculo. Cubro tus músculos de tela. Traigo el resto de ti conmigo. Te devuelvo a un momento de tu vida, y te mantendré allí mientras yo exista.
Despiertas.
Respiras. Tu primer aliento. Una primera bocanada llena de Luz. Abres los ojos como si nunca los hubieras usado antes, y parpadeas ante el sol que blanqueó tus melodiosos huesos, blancos e inmaculados.
Te digo lo que eres, pero no quién eres. Eso me lo tienes que decir tú.
Te pones de pie, temblorosa, y sales del agua. Te abres paso entre las piedras traicioneras que tanto tiempo te han mantenido cautiva. Luego extiendes el brazo y me tocas, como si no pudiera ser real. Pero soy real; tan real como tú, e igual de viva.
"¿Cómo me llamo?", me haces tu primera pregunta. Luego otra: "¿Adónde vamos?".
"No lo sé", respondo. "Lo que quieras y adonde quieras. Podemos elegir".
Reflexionas sobre ello. Te asusta, pero yo estoy aquí para consolarte. He visto tus huesos, solos y olvidados, esperándome.
En lo más hondo de tu propio ser, te conozco como me conozco a mí misma.