IV. REGRESO
Colocaron uno junto a otro los cuatro metros de finas láminas metálicas del artefacto de la colmena entre el resto de chatarra obtenida del queche. Incluso desmontada, la torre de la colmena era compleja. Tenía varias capas, un entramado metálico enroscado en cilindros concéntricos cada vez más estrechos. Cada uno podía girar de forma independiente dentro de la carcasa más grande. Un tejido vivo y cartilaginoso contenía y lubricaba unos complejos armazones.
Kosis había destacado el hallazgo de la colmena para la Araña. No lo iban a enviar a los mercados y almacenes, como los restos del queche. Descubrimientos como ese eran de especial interés para la Araña. Kosis pensó en enviar una misiva antes del viaje, pero luego cambió de idea. Debía presentar el hallazgo ella misma, o cualquier vándalo o escoria oportunista podría intentar atribuirse el mérito. Sin duda, la Araña ascendería al responsable en señal de aprecio a su astucia.
Kosis estaba tan concentrada en proteger su hallazgo que no vio que Savek y otros escorias corrían desde la cueva hacia el campamento. Kosis se puso en pie de un salto, espada en mano, casi anticipando un motín. Pero, por el miedo en los ojos de Savek, Kosis se dio cuenta de que no tenía nada que ver con eso.
"¡Ha vuelto!", fue lo único que Savek pudo decir. Los escoria lo confirmaron: la estructura desmontada había vuelto a crecer en cuestión de horas. Kosis les ordenó que la acompañaran para verlo con sus propios ojos. Una parte de ella deseaba volver a verlo.
Para su sorpresa, era tal como decían. La estructura era tan alta como antes y de ella emanaba esa terrible luz verde. Kosis sintió una punzada de terror. De pronto, recordó todas las historias que le habían contado de pequeña sobre el Tornado y el ataque de la colmena.
"Dejadlo", ordenó. "Dejadlo y no volváis". Era una orden impulsada por el miedo.
La torre susurró una inaudita contraoferta en su subconsciente.
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