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I. QUECHE

Hay un dicho entre los elixni: El queche es familia, y la familia lo es todo. En el Arrecife, solo quedan los restos de la civilización. En el Arrecife, las ruinas son tan importantes como los planetas y las lunas. La atmósfera está inundada de escombros de las naves colonia de la colmena de la Edad de Oro que libraron batallas contra los insomnes. Para los elixni, encontrar los restos de un queche es como encontrar las ruinas de la casa donde uno creció, así como todas las emociones que contiene. Pero las cicatrices sociales de los clanes elixni ya han desaparecido. En el remoto rincón del Arrecife conocido como la Costa Enredada, los que se arrodillan ante la Araña han perdido el privilegio de semejantes sentimentalismos. Unos exploradores del feudo de la Araña encontraron los restos de un queche de la antigua Casa de los Reyes. A la semana siguiente, un equipo de rescate partió hacia allí. La jefa de la operación, una ambiciosa vándalo llamada Kosis, había cortado lazos con esa casa hace años. Pero la decisión de dejar algo y el acto de dejarlo son dos cosas totalmente distintas. Kosis insistió en inspeccionar los restos en persona, a solas, antes de permitir que su equipo se acercara. El objetivo era abrir la nave de proa a popa, sin ningún miramiento, y coger cualquier cosa que tuviera un mínimo de valor. Desde un acantilado cercano, observó cómo su equipo marcaba la nave para su disección. Miró de reojo el pequeño montón de vestigios que ella había recuperado personalmente del queche: un cuenco ceremonial de lavado, un instrumento musical infantil y la efigie de cerámica agrietada de un sirviente. Kosis lo cubrió todo con un paño harapiento del color del sol poniente, marcado con el símbolo de una casa a la que ya no pertenecía, y lo enterró. Esa sería la única ceremonia que se celebraría en memoria de esa nave.