Canto del cuchillo
Un llamamiento de los aposentos vacíos.
De los pequeños, también de los débiles.
A las profundidades, hermanos.
A las profundidades, primos.
Poseídos de entre las estrellas por el Rey.
Formados de nuevo, sin rumbo.
No éramos nada.
No somos nada.
No seremos nada.
Alzad vuestras voces mudas.
Alzad vuestros brazos en oración.
Coagulaos en la oscuridad más profunda.
Una nueva forma para la divinidad.
Multiplicad vuestra nulidad.
Expandid la nada que inunda vuestro corazón.
Cada noche, también con el alba.
Un nuevo inquilino ocupa el hueco.
Nuestro ruego implora respuesta.
Nuestra abyección suscita maestría.
Nuestro navío sin capitán
exige una mano capaz.
No éramos nada.
No somos nada.
No seremos nada.
La repetición se convierte en guía.
Nos acostumbramos a orar.
Hagamos rituales, hermanos.
Pronunciemos liturgia, primos.
Y sintamos la atracción del trono del Rey.
Como las estrellas del polvo surgen,
una nueva voz se alza del mar de los aullidos.
Responde a nuestra creencia.
Se erige ante nuestro canto.
A la deriva, nuestro buque naufragado
se orientará hasta la costa.
¡No éramos nada! ¡Dirígenos!
¡No somos nada! ¡Dirígenos!
¡No seremos nada! ¡Dirígenos!
Oh, nueva voz silente en la oscuridad.
Nuestra voluntad, nuestra guía, nuestro Rey.
¡Dirígenos!