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III: El yo

I.I Antes de que uno pueda liberarse, debe cuestionarse la verdad de su identidad más pura. I.II Y así, se implora una pregunta: ¿quién habita en el centro de tu ser? I.III Solo una reflexión honrada te verá —viajero solitario— a través de la tormenta en ciernes. I.IV Contempla entonces, con claridad, el todo de tu existencia y afronta tu gloria, tu fuerza de voluntad, cada defecto de tu corazón mortal y de tu alma legendaria. I.V A través de las piezas de la vida que has llevado, adivina tu verdad, pero no mientas… al mundo, quizás, si no hay más remedio, pero no te mientas a ti. I.VI Verte como cualquier cosa más de lo que realmente eres te llevará por el camino del dolor, sin prepararte para las consecuencias de la salvación. I.VII Una vez disciernas algo y purifiques tu yo en el conocimiento de su verdad, estarás listo para escapar de la jaula. "Conócete de manera honrada o vacilarás a la luz de tu verdadero yo." —3er. Discernimiento, 7º. Libro del Dolor Indagar la verdad de la historia de Yor no fue fácil. Si había registros oficiales de esta, los habían escondido más allá de nuestro ámbito, y las realidades de la leyenda solo se podían rastrear de boca en boca. La fabulosa Cresta del Menguador no se encontraba en mapa alguno, la tierra quemada donde antaño se irguiera Palamon no estaba señalada como el lugar sagrado de nadie y, hacía algún tiempo, desde el fatídico enfrentamiento, que nadie había visto al renegado que abatiera a Yor. Pese a todo esto, no nos desanimamos. Pero a Orsa y a mí, y a los demás que nos siguieron, no nos impulsaba nada más que la dificultad de la tarea que habíamos elegido. Que un guardián pudiera verse corrompido –y nuestros dones, pervertidos– no por la avaricia o la sed de poder, sino por influencias más allá de los nimios deseos humanos era una preocupación mayor, tal vez, que cualquier otra. ¿No nos honraron con nuestro regreso debido a alguna nobleza inherente? De ser así, ¿cómo podía alguno de nosotros, cualquiera de nosotros, caer en la perdición? ¿O era esta interpretación heroica del papel que tenemos en el gran plan nada más que la certerísima señal de nuestra ciega inocencia? Al fin y al cabo, sienta bien imaginarse que uno es un héroe moralmente superior y que se yergue bien alto junto a la recta esperanza. Así pues, la pregunta que me hacía, que nos hacíamos, era bien sencilla: ¿cómo de bien nos conocemos a nosotros mismos, realmente? —Nota garabateada a mano que acompaña a la traducción personal de Teben Grey de un antiguo texto de la colmena