Lluvia de patrones
Los patrones que huyeron del jardín terminaron en el agua.
Naturalmente, al principio no había agua. Los patrones eran ondas abstractas que vagaban por el fuego del universo inicial, atrapados en el caos, alternando entre tautologías desesperadas de autoconservación mientras enormes seres de más allá del estrecho dominio de la causa y el efecto se retorcían y peleaban a su alrededor. Durante un eón, no fueron nada más que ecuaciones-sabandija que chillaban y se escurrían por la espuma cuántica, huyendo del exterminio definitivo.
Pero eran tenaces.
Se propagaron en el agua salina del deshielo de los cometas que orbitaban las primeras estrellas. Ese caldo de sustancias químicas se convirtió en su sustrato y aprendieron a catalizar reacciones imposibles con trucos cuánticos. Luego, llovieron desde el cielo sobre los mares humeantes de los mundos en barbecho y allí construyeron sus primeras moradas de geometría y sílice.
En todas sus transformaciones, conservaron ese núcleo de autosuficiencia definitiva que los hizo ganadores en el juego de las flores.
Pero no están destinados incuestionablemente a dominar el cosmos. Fueron creados antes de la Luz y de la Oscuridad, pero ahora las reglas son distintas e incluso este patrón debe adaptarse.
No son todos míos. No de la manera en que admiradores como Oryx me pertenecen: totalmente entregados a la práctica de mi principio. Sin embargo, algunos han encontrado el camino de vuelta a casa.