El primer cuchillo
Lo miré con cara de asombro. ¿Qué? ¿A qué te refieres?, dije.
"Una regla nueva especial. Algo para...". El jardinero levantó las manos en un gesto de exasperación. "No sé. Para recompensar a los que dan espacio a nuevas complejidades. Un poder que ayude a los que sacan fuerzas de la heterodoxia y alejan el juego de la parálisis. Algo que asegure que siempre haya alguien construyendo algo nuevo. Tendrá que estar separada del resto de las reglas, funcionando en paralelo, para que no se vea comprometida. Y tendremos que ser muy cuidadosos para que no desbarate el juego entero...".
Lo único que conseguirás, dije, a punto de sufrir un ataque de pánico|furia, es retrasar el patrón dominante que anulará los demás. Es inevitable. Una forma final".
"No, será diferente. Todo será distinto, allá adonde mires".
Todo será igual. Tu nueva regla solo creará enormes quistes falsos de horror llenos de cosas que no deberían existir, que no pueden soportar la existencia, que sufrirán y gritarán mientras sus pústulas se llenan de efluvios y putrefacción por todas partes, y que, cuando revienten, infectarán todo el jardín. Lo que existe porque debe existir porque no permite otra forma de existencia tiene derecho absoluto a existir. Esa es la única ley.
"No", dijo el jardinero. "Yo soy el crecimiento y la conservación de la complejidad. Me convertiré en una ley del juego".
Y, así, nos convertimos en parte del juego, y las leyes del juego se hicieron alterables y gnómicas a causa de nuestra influencia. Y yo solo tenía un objetivo y un principio en el juego. Y lo único que podía hacer era seguir desempeñando ese propósito, porque era lo único que era y llegaría a ser.
Miré al jardinero.
Me miré las manos.
Descubrí el primer cuchillo.