The Grimoire Archive
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Luchamos en el jardín, en el terreno de la posibilidad donde nada existía y todo podía existir. Una agonía ensombrecida entre las flores. Pisoteamos los pétalos, aplastamos la fruta hasta convertirla en pulpa y molimos las semillas hasta hacerlas polvo. Las detonaciones que crearon los universos surgieron del reventón húmedo de las uvas y de la papilla de bayas, en la perturbación del campo formado por el jardín antes del primer instante del tiempo y del primer punto del espacio. Cada universo estaba embarazado de sus propios volúmenes inflacionarios y trenzado con líneas temporales en constante ramificación. Cada volumen se enfriaba y separaba en dominios de física postsimétrica, encarnaciones de la gran ley bipartita que lo controla todo y que dice: existe, a no ser que no consigas existir. Y seguimos peleando. Derribamos el árbol de alas plateadas y dejamos el tocón humeante en las praderas. Dejamos las huellas de nuestros pies y de nuestras espaldas retorcidas en la arcilla. Nuestros tropiezos provocaron olas en el jardín, que fueron las fluctuaciones alrededor de las que los universos iniciales crearon sus primeras estructuras. El campo de dilatones bostezó bajo la existencia. Las simetrías se rompieron como el cristal. Los fallos del espacio-tiempo acumularon filamentos de materia oscura como si fueran arrugas e inhalaron y encendieron las primeras galaxias con soles. Y seguimos forcejeando. Nuestros cuerpos empujaron cosas fuera del jardín: gusanos y formas de vida escurridizas del terreno fértil, cosas húmedas de los estanques y de las hojas. Salieron a la locura del espacio primordial; se sacudieron y se hicieron grandes. Y yo gané. Gané porque el jardinero siempre se detiene para ofrecer la paz. Y, cuando lo hace, yo siempre ataco. Pero, para entonces, ya daba igual. El juego había terminado. El jardín había dado luz a la creación, las reglas estaban en marcha y nunca habría una segunda oportunidad. Ahora jugábamos en el cosmos. Jugábamos por todo. Y los patrones de las flores, aterrorizados por nuestra contención, ya no eran los ganadores inevitables de un juego cuyas reglas habían cambiado de repente y salieron a un cosmos recién nacido para huir de nosotros.