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Asher: Observación

Por muy hombre de ciencia que fuera, lo primero que hizo Asher Mir fue dispararle a esa cosa. La pirámide flotaba en la atmósfera de Ío, lo suficientemente cerca como para que un proyectil con la velocidad adecuada le diera de lleno. En lo que parpadeaba dos veces, supo calcular el ángulo de ataque y la masa del proyectil. Asher terminó de montar el cañón de riel antes de que se le enfriara el café. Cargó las bobinas magnéticas, esperó a que el viento se calmara y atacó el flanco de la nave. Contaba con que el proyectil golpeara una barrera cinética o, en el mejor de los casos, con que impactara en la pirámide y causara un daño infinitesimal. Pero, en el momento del impacto, el proyectil se desvaneció. Asher frunció el ceño mientras esbozaba una sonrisa imparable. El brazo de metal chasqueó y zumbó suavemente por sí solo. ¿Tuvo la pirámide la desfachatez de ponerse frente al laboratorio y hacer ese truco de poca monta? Estaba claro que no contaba con toparse con Asher Mir. Preparó otro misil, uno con un espectro de radiación detectable y una señal de radio. Lo disparó hacia la pirámide. Del mismo modo, desapareció antes del impacto y ya no había señales que detectar desde la superficie de Ío. Después lanzó otra carga útil: una estación de retransmisión en miniatura. La disparó desde los mandos de la consola. En el momento en que tocó la pirámide, transmitió un pico de radiación y una señal de radio. Asher sonrió con soberbia. Seguían allí, suspensos en el campo de la pirámide. Invisibles y con la emisión de señales incapacitada, pero físicamente presentes. De momento, no importaba cómo la pirámide fue capaz de hacerlo, aunque la mente se le llenaba de fantasías acerca de la energía del punto cero. Lo que le hizo cavilar fue el porqué: ¿qué les hacía la nave a los proyectiles mientras permanecían suspendidos en el espacio que envolvía su grotesca silueta? ¿Y por qué?