Fe en monstruos
Perseguí a Dredgen Yor durante décadas, primero junto a Jaren Ward y después en solitario. Estaba obsesionado. Decidido. Odiaba a ese hombre. Aún lo odio. La diferencia entre todos los momentos previos a abrir fuego y acribillar a ese cerdo y cada instante posterior es lo que sucedió cuando desenfundé la Última Palabra…
Yor nunca disparó. Ni siquiera trató de sacar su arma. Se quedó allí de pie, erguido y tranquilo, hasta que mi plomo infernal lo atravesó. Después se derrumbó.
Al principio, no ocurrió nada. Cuando cayó al suelo, el tiempo pareció detenerse. Caminé hasta él. El mundo estaba en silencio. Y disparé dos veces más. Para asegurarme. Recuerdo que una vaga sensación de alegría ascendió desde lo más profundo de mi ser mientras pensaba en Jaren. Lo había vengado. Había vengado Palamon. Y Durga. Y al Canal del Norte. Y al resto. Pero mi mente seguía centrada en Jaren. Y mi alegría se vio empañada por una amarga sensación.
El momento de la muerte de Jaren se repetía una y otra vez en mi cabeza. Fuego rápido. Primero, el cañón de Jaren. Después, el de Yor. A continuación, silencio en un bosque remoto del oeste.
Jaren nunca fallaba. Pero falló. Yor, no lo hizo entonces. Pero Jaren no era un blanco fácil. ¿Acaso lo era Yor? No se inmutó cuando le apunté con mi arma. No se movió. No hubo ningún cambio en su tono ni en sus palabras. Lo abatí en mitad de una frase, como si le diera igual. Sabía que lo haría. Sabía que desenfundaría el arma. Sabía que dispararía. Así que, ¿por qué habló? ¿Por qué se molestó, si sabía que yo hablaría más alto, que le hablaría con muerte?
Quizá lo entiendas sin necesidad de darte más explicaciones. Quizá no. La respuesta, y es la que ha guiado mi camino desde entonces,
es que creía en mí.
S.