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La ley de la Reina

22. Namqi Sen es la primera persona que la toma en serio. "Si esta conversación va para largo, será mejor que tomemos asiento", le indica señalando unas cajas de munición que hay cerca. Namqi es un piloto del Arrecife al que han enviado a recuperar drones de vigilancia extraviados, a los que llama "cuervos". Un esquife caído había dañado su nave hildiana durante un combate aéreo y tiene una fuga importante de combustible. No es capaz de encontrar el origen de la fuga ni dispone de los materiales para reparar la nave. El resto de los insomnes están en su hogar, en el Arrecife. Su arma es el típico fusil automático Rencor del Tigre, con mira telescópica y fabricado a partir de una fórmula patentada de plastiacero y girometal. Hay ingenieros que trabajan duro en el desarrollo de técnicas de fabricación que permitirán expandir la distribución de esta arma a las poblaciones de alzados y ciudadanos de la Tierra. La gente lo evita. Los terrícolas y los insomnes alzados casi nunca le dirigen la palabra. Le sorprende que Orin no hiciera lo mismo. Oye voces. Tiene sueños proféticos. Los describe con multitud de detalles y a Orin le sorprende lo familiar que le suena todo. Es como si estuviera escuchando una grabación de sí misma. Cuando formula su última pregunta, él duda. Se pasa una mano mugrienta por el pelo y mira a las estrellas. Llevan mucho rato hablando. "Si vamos a seguir hablando", dice al fin, "será mejor que tomemos algo". 23. Namqi no es especialmente alto ni atractivo. Algunos elementos de su persona son hermosos si se analizan por separado: Su nariz. Sus manos. Las líneas de su cuello. Las reluciente luz que le baña la piel la fascina. Lo observa para comprobar si sus rasgos coinciden con los suyos propios. No lo hacen. Lo que más le sorprende a Orin es su capacidad de escuchar con empatía. Pasa más tiempo callado que hablando. Los silencios prolongados no lo asustan. Y, cuando habla, lo hace con soltura y sin desdén. 24. Tarda ocho semanas en reparar la fuga de combustible. Durante ese tiempo, Orin lo convence para que infrinja la ley de la reina y que los lleva a ella y a Gol al otro lado del puesto de Vesta sin que nadie lo sepa. Está decidida a descubrir por qué se sublevó contra su propio pueblo. Se encuentran a solo medio día de camino de Interamnia cuando un grupo de galeotas con los colores de la reina los interceptan. 25. "Vaya", dice Sjur Eido en cuanto reconoce a Orin, "esto no le va a hacer gracia a Mara". Atraviesa la celda de detención para observar de cerca a Gol. "Suponía que esto acabaría pasando, pero tenía la esperanza…". Se masajea la nuca y se encoge de un hombro, como diciendo "¿Qué le vamos a hacer?". Se gira y observa a Namqi. "Sabes que has quebrantado la ley, ¿verdad?". Namqi asiente. Le da una palmadita en el hombro y sonríe. "Bien hecho". 26. Dos paladines la llevan ante Mara Sov. Gol no puede acceder a la corte, al igual que Namqi. "Yo te conocía", dice Orin antes de que Mara pueda hablar. Supone que va contra las convenciones de la corte, pero están a solas y es demasiado atrevida como para temer represalias. "¿Qué es lo que recuerdas?". Orin sacude la cabeza levemente. Pasan unos instantes. A Mara tampoco le incomoda el silencio. Tras su máscara de indiferencia y sosiego, sus ojos están ávidos de curiosidad. "¿Por qué me marché?", pregunta Orin. "Decidiste convertirte en mi emisaria". "¿Y por eso me desterraste?". Entorna los ojos. "No es para nada tu estilo…". Mara sonríe levemente. "No". 27. Siguen conversando un buen rato. Las confesiones son totalmente aterradoras. Orin nunca había experimentado un sentimiento tan profundo de escisión, ni siquiera cuando se enteró de que la mayoría de los mortales preferirían tragarse una pastilla de cianuro antes que vérselas con un alzado, ni cuando se enteró de que el Viajero abandonó a los elixni, ni cuando supo que casi todos los señores de la guerra eran portaluces. 28. Pero la ley de la reina es la ley de la reina. Debe respetarse, aunque su trasfondo difiera de lo escrito. Namqi acepta la pena de servir durante cinco años a la corona por infiltrar a Orin en los dominios del Arrecife. Le permiten decidir los pormenores y negociar su propio salario. En cuanto a Orin, no es tan sencillo. No es la que era antes, de modo que, tras un enérgico debate filosófico, se decreta que no puede ser responsable de sus juramentos del pasado. No obstante, accedió al territorio ilegalmente por voluntad propia, ayudada por un ciudadano cómplice. Por ello, debe sacrificar un favor: una futura deuda anónima que elija la corona. Orin acepta la sentencia de buena gana y regresa a la Tierra para sanar sus heridas. Necesita pensar. Necesita hablar.