Confesión de esperanza | Primera parte
La elección me persigue.
No estuvo debidamente razonada. Dejé que la emoción se llevara lo mejor de mí. Los caídos se habían marchado. Los pocos supervivientes se reunieron en la oscuridad de una cueva disimulando su respiración entrecortada y apresurada, reprimiendo el llanto.
Cuando los encontré, muchas noches antes, también encontré un propósito renovado. Había recorrido aquellos mundos marchitos y moribundos mucho más de lo que me molestaba en recordar, siempre en busca de una chispa que mereciera prenderse.
Con el tiempo me acabé cansando, pero encontré esperanza en este pequeño grupo de supervivientes. Si no encontraba una sola alma merecedora de la Luz, buscaría otro camino, uno más discreto, para ser de utilidad. Me encargaría de guiar a este pequeño grupo formado por hombres, mujeres y un solo niño desesperados hacia el santuario en expansión bajo el Viajero.
Si no daba con un héroe que desafiara a la Oscuridad, me encargaría de guiar a los más necesitados hacia la salvación.
Ganarme su confianza me llevó tiempo. No era de los suyos. Creían que era un ángel. Les dije que no lo era. Me llamaron Tiānshǐ. No puse ninguna objeción.
El niño estaba fascinado conmigo. Todavía era demasiado pequeño para hablar, y mucho menos para comprender, que su existencia era a la vez una carga y una bendición. Sus padres hicieron lo posible por criarlo y protegerlo con la ayuda, atención y cuidados de sus compañeros de viaje, otrora extraños, pero con los que ahora compartían un vínculo más profundo que la propia sangre, debido a las experiencias vividas tras el fin del mundo.
Un día como este, en la cueva, encogidos de miedo conforme el rugido del esquife caído se desvanecía a lo lejos en el bosque, la madre soltó un gemido, un sonido que nunca antes había oído y que esperaba no tener que volver a oír nunca.
Tanto dolor. Tanta tristeza.
Pena. Sufrimiento. Pérdida.
Su llanto resonó por todo el bosque. Su marido, sollozando y a punto de derrumbarse, se limitó a abrazarla.
A ella y al hijo fallecido que sostenía en sus brazos.
Los demás trataron de calmarlos, temerosos de que los caídos pudieran regresar. El ataque fue rápido y devastador. Veinte muertos. Solo sobrevivieron nueve de la cueva. Observé el bosque con ansia y miedo.
El dolor de la madre colmaba el espacio entre los gruesos árboles. Me giré hacia ella y lo vi por primera vez: la chispa del hijo.
Era leve, pero ahí estaba.
El pequeño no era mi carga. Los elegidos para regresar eran campeones. El niño, sin embargo, era tan pequeño, tan frágil… ¿Qué devoción había demostrado? ¿Qué valentía? ¿Qué había sacrificado? Pero algo en mi interior se resistía…
¿No era mi propósito más puro el de proporcionar esperanza? Todos los héroes se alzaban para luchar, pero no por sí mismos, sino por toda la humanidad. Si salvar una vida, reparar esta terrible pérdida, no era una causa suficiente… ¿qué lo era entonces?
Observé a la madre mientras lloraba.
Noté cómo me henchía. Sentí que mi Luz se intensificaba. Por algún motivo yo no podía controlarlo, era como si algo hubiera llegado a mi interior y hubiera activado un interruptor. Un rayo emergió de mi interior y bañó de Luz el pequeño y magullado cuerpo del niño.
Pasó un segundo.
Y empezó a llorar. Todos se mantuvieron en silencio. El obsequio del Viajero se había concedido. Un niño, devuelto a la vida. Y con él, el inicio del fin de mi viaje.
¿Hice lo correcto? ¿Crecería el niño lo bastante como para alcanzar su culmen físico? ¿Estaría listo, como todos los regresados, para las guerras venideras?
Pero, entonces, un recuerdo me vino a la mente, uno que nunca antes había tenido en consideración: puede que la muerte hubiera sido lo mejor.
¿Había salvado al chico o lo había condenado?
Conforme su llanto resonaba, los supervivientes lo observaban asombrados. Había alegría en su silencio, sorpresa.
Lo observé y el orgullo comenzó a brotar en mi interior. Había hecho lo correcto.
Todo esto pasó tan solo hace unos meses, pero parece toda una vida.
Los caídos han regresado y nosotros huimos. Temo que la promesa del obsequio no baste para salvarnos de la hoja de un pirata.
(Fragmento de la última transmisión de un Espectro desconocido)