La caja roja
"¿Es él?", susurra Lavinia.
"Oh, sí. Nadie puede imitar ese aire de perplejidad desconcertante de nuestro amigo Xur". El titán señala hacia las sombras del hangar de la Torre, donde una figura encapuchada se encorva sobre la nada, como si la atravesara una lanza invisible. "Viene aquí a comerciar. No le dimos permiso, pero tampoco se lo prohibimos".
Lavinia, tan temerosa del éxito como del fracaso, tiembla con nerviosismo. "Xûr", corrige al titán, y sintiéndose un tanto pedante añade: "Lo siento. Costumbre de criptarca".
"Sí, Xur. Es lo que he dicho". El titán se encoge de hombros. "A mí también me gustan las cosas antiguas, criptarca. Vamos, pregunta".
La madre de Lavinia le contó que, al nacer, una bruja profetizó que le sonreiría la buena suerte. Ahora tendrá que confiar en ello.
Lavinia desciende a la planta del hangar y camina con paso decidido hasta la criatura. Xûr ni siquiera se levanta la capucha para mirarla. "Xûr", dice, sin saber qué hacer con las manos. "Soy la criptarca Lavinia García Umr Tawil. He decidido estudiar a los Nueve". Como todos los insensatos, le dijo su maestro. "Quiero hacerte una pregunta".
"No necesitas ninguna respuesta". La voz que se oculta en ese rostro retorcido es la de un hombre, grave y de una claridad incongruente. Lavinia piensa que suena como si estuviera intentando por todos los medios hacerse entender. "Pero te la daré".
Ha ensayado mucho la pregunta, aferrándose a ella como si fuera un ancla cuando se alejaba de su maestro y de sus amigos. "Hemos recuperado información de un Espectro en el Sumidero de Ishtar, en Venus, que describía un artefacto hallado por nuestros antepasados de la Edad de Oro. Una caja de cobre pintada de rojo, ligeramente dañada y llena de polvo. En cada mota de polvo encontramos mapas grabados de mundos rocosos. Marte, la Tierra, Venus, otros planetas... Tal vez de cada planeta parecido a la Tierra en la galaxia".
Xûr alza su rostro tentacular. Lavinia percibe una curiosidad casi humana, pero amoldada a una forma alienígena; una superestructura provisional hecha de retazos que imita a duras penas a un ser humano. "Planetas", responde. "Mis movimientos dependen en gran medida de su posición".
Lavinia no se sobrecoge... mucho. "Mis compañeros dicen que el artefacto es de origen vex, un recordatorio de su omnipresencia allá donde vamos. Pero yo creo...", dice, y traga saliva. "Creo que es de los Nueve. ¿Procede la caja de polvo de los Nueve, Xûr?"
El brillo de los ojos dorados de Xûr se fija en ella. "Estoy aquí por un motivo", responde. "No lo recuerdo... El polvo ha cambiado. El polvo es muy valioso".
"¡Sí! ¿Enviaron los Nueve el polvo? ¿Por qué es valioso el polvo, Xûr? ¿Y por qué polvo? ¿Por qué no una carta, o una tabla de arcilla o algo más sencillo?".
"Sangre", responde Xûr, y emite un ruido parecido a una tos. "La sangre se transforma. El deseo se concede. El polvo se mezcla".
"No pueden haberlo enviado los vex", insiste ella, como si Xûr fuera otro testarudo criptarca que hace oídos sordos.
(Lavinia, tienes que dejar de parlotear). "Los vex emplean la materia como sustrato para la computación, no como un medio para comunicarse. ¿Cómo es que los Nueve son capaces de trazar mapas de la masa de cada planeta rocoso de la galaxia, pero no pueden enviarnos un mensaje de radio? ¿Por qué Venus? ¿Por qué polvo?"
"La mayor parte del polvo está formado por antiguas células", responde Xûr, y tose sonoramente. "Este polvo perteneció a los Nueve. Se mezcló. Cambió para siempre". De nuevo, esa tos brusca y percusiva. "Polvo al polvo. Polvo eres y en polvo... Los Nueve son la carne del polvo".
Lavinia se da cuenta de que el agente de los Nueve se está riendo.