Durante un tiempo, las únicas luces eran los ojos de las sibilas que atendían la celda. Los zumbidos de las máquinas de almas emitían ecos por toda la prisión. Los gases crecían y se disipaban en las sombras.
Entonces entró ella. Se apresuraron a ocupar sus respectivos puestos en torno a ella, con metódica precisión.
—Han jubilado al sacerdote arconte, mi Reina —dijo la sibila de su derecha.
Lejos del trono y de sus espectadores, ella se movía con normalidad.
—¿Alguna noticia del primario Kaliks?
—Hay algo entre los Ananqués —dijo una voz detrás de ella. La Reina no se dio la vuelta.
Durante unos instantes de silencio, ella continuó caminando entre las celdas herméticas que encerraban a los nobles de la Casas de los Lobos, cortejada por sus sibilas.
—Más cuervos de tu hermano han entrado en las Calderas de Rea —dijo la sibila justo delante de ella con una voz rasposa—. A los Nueve no les gusta.
Se detuvo un momento para estudiar la cara sellada de una celda. El vaho de su respiración se mezclaba con la lenta espiración del dispositivo criogénico.
—Enviadles uno de nuestros premios. Algo con lo que conmemorar nuestra mutua victoria.
—¿Y qué prisioneros te gustaría regalarles?
Tras un instante de pausa, dijo:
—Enviadles a Skolas.
—Un regalo generoso.
—Mmm... —inclinó la cabeza como intentando escuchar los latidos de un corazón congelado—. Y recordadles una cosa: los cuervos son míos.