La imagen queda libre de suciedad y polvo cuando una mano limpia la lente. Una figura levanta el Espectro, mirando la lente. La dura luz de un sol desconocido ilumina por detrás a la criatura de cuatro brazos, lo que hace imposible ver su cara. Su enorme cabeza gira y se oye una voz chasqueante hablándole a algo fuera de la pantalla. Aunque los sonidos en sí son duros, el tono y el contenido parecen casi amables. Una criatura curiosa, ni violenta ni enfadada.
La lente vuelve a enfocar más allá de la cabeza de la criatura cuando habla, y un paisaje sorprendente aparece en el horizonte. Es un paraíso. Ríos y lagos cuidadosamente atendidos, agua por todas partes, se abren camino entre campos de cultivos iridiscentes y arboledas de vivos colores. Cada centímetro de la tierra parece haber sido diseñada por la mano de un escultor según su forma y función.
El cielo es de un rosa claro, salpicado de nubes y repleto de naves. Carriles de denso tráfico aéreo surcan los cielos, estrechamente gestionados y en apariencia inacabables.
Y más allá de todo ello, sobre las nubes, cuelga una esfera perfecta de alabastro. La imagen vibra, tiembla y titila, como si el Espectro parpadease. Y el fragmento termina.