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Fragmento de Espectro: Antigua Rusia 3

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La general Chen Lanshu surca el cielo con su planeador.

Recorta alrededor de la enorme proa bulbosa de una nave colonial, uno de los gigantescos hijos del Cosmódromo. Sus ojos ven la temperatura: surfea en el viento invernal que resbala del depósito de combustible criogenizado. La turbulencia hace que le traqueteen los huesos.

"General", le envía Malahayati, "estás poniendo nervioso a Rasputín".

"Ah, ¿sí?", Lanshu ladea el planeador, sonriendo, y hace una espiral alrededor del tanque de combustible. La máquina odia el riesgo. Riesgo para la general, claro, pero también riesgo para las naves de Rasputín. "¿Es eso exactamente lo que ha dicho?".

"Puede ser un encanto", le asegura la submente. Malahayati trabaja con Chen Lanshu, y ella es ciertamente encantadora, pero esto es territorio de Rasputín, el rey tácito, el ensimismado y cauto primero entre iguales.

Ayer Lanshu habló con la IA de una nave colonial y llamó a Rasputín "el Tirano". No sin afecto. Y ciertamente no sin respeto.

"Pues que muestre su encanto conmigo en persona", sugiere Lanshu.

"Es que últimamente está muy reservado".

"Pues entonces dejemos que se enfurruñe".

Extiende brazos y piernas, asciende por una corriente térmica en un remolino, y sale disparada como una flecha en el punto más alto, alejándose de las naves coloniales, hacia el muro defensivo. Su planeador es como una segunda piel, paramúsculo tenso como un cable de acero, como un zorro volador.

El Cosmódromo pasa por debajo de ella a toda velocidad. Agita sus alas al pasar junto a una nube de ácaros sensores: un saludo descarado. Dos de los MBT de la división de seguridad hacen un simulacro en los polilleros.

"No entiendo por qué has venido", le dice Malahayati. Seguro que miente. Malahayati entiende a Lanshu muy, muy bien. "No entiendo por qué te enmascaraste ayer, durante el lanzamiento".

El lanzamiento. SABLE VERDE. Rasputín moviendo tranquilamente otra arma de destrucción masiva a la órbita de la Tierra. Y todos los demás lanzamientos, también, no solo de armas, sino también de gente, debido al impulso al programa de colonización... como si la necesidad de dispersarse fuera ahora urgente.

La general Chen Lanshu planea de lado a lo largo de la muralla. ¡Mira cuánta belleza! Mira la autopista que cruza las verdes colinas y las grises montañas. Imagínate que ahora aterrizara y empezara a andar para alejarse de todo, para perderse en la naturaleza...

"Imagina que algo saliera mal", dice. "Imagina esta carretera abarrotada de cadáveres. Imagina al equipo de seguridad acribillando a los refugiados que intentan abrirse paso a hasta las naves. Imagina coches de aquí hasta el horizonte...". Esos estúpidos coches tradicionales que todo el mundo sigue teniendo, porque el extraño y desigual progreso de este mundo post-Viajero ha dejado algunas cosas sin cambios.

"¿Prevés que haya violencia?", dice Malahayati de esa forma conciliadora y cuidadosa, la que usa para tratar con la gente de carne y hueso. "¿Algo que supere nuestra capacidad de prevención o contención?".

¿Prever? ¿Como militar profesional? No, no. Pero...

Una vez, cuando era más joven, sesenta o setenta, Chen Lanshu impuso la autoridad de su rango para echar un vistazo a la instalación Nunca-Ser en Taipei. Contempló las imágenes en el fresco y sintió... un peso enorme y desasosegante, un temor imposible de relacionar con una amenaza específica. Y lo volvió a sentir el año pasado, cuando la informaron del proyecto en Lhasa, la máquina de visión...

Siente un escalofrío. Sus alas se estremecen y tiemblan en la corriente de aire.

"¿No es eso lo que hacemos, Mala?", dice. "¿No es por eso por lo que todavía tenemos soldados? ¿Por lo que te hicimos? Para prever".

Nadie anticipó la aparición del Viajero. Fue algo repentino.

Imagínate que no hubiera sido amistoso. Imagínatelo.

Rasputín, desde luego, lo hace.