Congelada en el monitor había una imagen de Sepiks Prime, el gran sirviente que solía ser el dios de la Casa de los Demonios. Su chasis había sido prístino e inmaculado, cuidado atentamente por el sacerdote arconte y sus acólitos. Ahora, estaba desvencijado y cubierto en tumores rojos. Las emanaciones de éter que antes brillaban con fuerza y pureza estaban visiblemente dañadas.
Los guardianes derrocaron a este dios. Pero ha vuelto a renacer, gracias a la SIVA.
Variks, de la Casa del Juicio, se burló de tal abominación. "Un proyecto de la Edad de Oro, ¿sí?", dijo volviéndose hacia el Cuervo. Su agente de campo era una mujer insomne, muy joven. "Tecnología de la antigua Tierra. Aprendida de la gran máquina".
Los elixni farfullearon para sí mismos con risas burlonas e hicieron gestos con sus brazos inferiores. "Haces que nos sintamos orgullosos. Vamos. Habla con otros Cuervos, aprende más de estos... Demonios simbiontes". Ella asintió, sonriendo ligeramente, y salió de la cámara.
Variks se permitió un momento de silenciosa contemplación, mirando hacia la puerta cerrada que daba a la sala de información. Como siempre, solo estaba alumbrada por la luz de una docena de monitores.
El caído cruzó sus brazos superiores. Inclinó la cabeza para sentir el impacto de esa abominación en la pantalla. Nunca hubiera permitido que otros lo vieran, pero le dolía. Ver el horror que era el nuevo Sepiks...
Su gente había caído.
Variks miró fijamente la imagen de Sepiks. Y, como había hecho antes, se preguntó si las cosas hubieran sido diferentes de haber estado allí, con los suyos. ¿Habría podido detenerlo antes? ¿Habría podido ofrecerles una alternativa mejor?
"Tiene que haber una alternativa mejor para los elixni". Hizo un chasquido. "Tiene que haber una forma de detener la Caída".