El arquitecto
Lord Silimar murió por su montón de piedras.
Murió cuando los caídos se hicieron con el control, en la batalla de Alms. Murió cuando los señores de la guerra lo destruyeron, durante el tercer gran bombardeo. Murió, con el ojo atravesado por una cuchilla, cuando la Casa de los Demonios lo echó por tierra en su campaña por el oeste.
Murió en los grandes escalones de la edificación, derribado por una avanzadilla de arcontes y también cuando las bombas hicieron caer los grabados en piedra.
Murió en las extensas sombras de la edificación y en sus abovedados techos.
Una vez, durante un asedio de los caídos, mientras las defensas se colapsaban bajo sus pies, saltó desde su parapeto para conocer la estructura con más detalle y para ver si podía sentir el peso del cielo sobre ese montón de roca y acero.
"Esta es la mejor forma de reconstruirlo de nuevo", dijo a los aliados que luego cuestionarían su salud mental. Mientras los caídos atacaban, Silimar no quiso abandonar su construcción, aunque otros se habían retirado a posiciones más fuertes. "¡Salid de aquí!", les dijo. "Salvaros. Les pondré todos los obstáculos que pueda".
Los enemigos llegaron en gran número. Una oleada demoledora de espadas, balazos y muerte. Encima de la estructura del bastión central, Lord Silimar resistió.
"¡Quitádmelo si podéis, malditos engendros!". Gritó al enjambre de enemigos.
Saltó sobre el gran edificio y aguantó su posición una última vez, antes de que el enemigo lo envolviera. Murió con su daga en las entrañas de un arconte mientras la edificación entera se tambaleaba con explosiones y llovían piedras sobre la tierra.
Aquella misma noche, cuando Lord Silimar resurgió de sus cenizas, encontró a Lord Saladino esperándolo, de pie junto al lugar donde había caído.
"Este edificio está condenado", dijo sombrío Saladino. "Espero que seas consciente de ello".
"No está condenado", respondió Silimar. "Predestinado, quizá. Condenado es una palabra muy fea".
"Usa la terminología que más te guste, pero hay otra palabra que representa este lugar: indefendible. Sin embargo, sigues construyéndolo después de cada derrota".
"Para construirlo mejor".
Lord Saladino meneó la cabeza. "Solo un necio levantaría una y otra vez el mismo edificio".
"Estas piedras son como nosotros", dijo Lord Silimar. "¿No te das cuenta?"
Silimar se puso en pie. Caminó entre las ruinas humeantes. Los ladrillos hechos pedazos. Miró el montón de cadáveres enemigos. Los restos carbonizados de una ciudadela otrora espléndida, reducida ahora a escombros.
"Nos derrotan una y otra vez", continuó. "Pero, todas y cada una de las veces, nosotros resurgimos. Igual que este lugar".
"Once veces han destruido lo que tú has construido", señaló Saladino. "¿Para qué reconstruir algo que será derribado de nuevo?".
"Porque algún día ya no podrán", respondió Silimar. "Y, cuando llegue ese día, cuando este edificio perfecto e indefendible siga en pie, entonces lo sabremos".
"¿Qué sabremos?".
Lord Silimar miró a su viejo amigo. Luego, se abrió paso entre las piedras rotas y contempló las ruinas esparcidas en la tierra. "Entonces sabremos que podemos construir una ciudad que llegue hasta el cielo".