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I. Emboscada

Caiatl está en el puente de su buque insignia, rodeada por seis naves de clase destructor. Semanas de operaciones de inteligencia y un puñado de espías muertos la han llevado hasta un punto concreto en el espacio. Este momento de oportunidad. Un enorme mirador reforzado se extiende desde el suelo hasta el techo del puente de mando. A través de él, los inmóviles estandartes azules eclipsan la imagen del Arrecife insomne a lo lejos. Desde la perspectiva de Caiatl, el Arrecife parece un remolino de destellos y polvo que podría eliminarse con una sola orden, una idea de la que sus consejeros hablaban con demasiada frecuencia. Las desavenencias con una ciudad habían dejado a algunos individuos ansiosos por una victoria decisiva en otra. Era una distracción. En el espacio que separa a Caiatl del Arrecife, más allá de los estandartes inmóviles, unas briznas de intención cubiertas de malaquita rasgan el espacio entre ella y aquel polvo brillante. Unos largos tentáculos negros, obra de la colmena, perforan la grieta seguidos de un enorme transportador ataúd el doble de grande que su buque insignia. Caiatl se dirige a los oficiales del puente de mando. "Esperad a que terminen, entonces no podrán huir". Sus destructores ocupan las posiciones del flanco opuesto y Caiatl ordena que el buque insignia maniobre por encima del enorme transportador ataúd. Cuando la grieta se cierra, la orden llega por radio: "Atacad". Los seis destructores realizan una maniobra de distracción. Caiatl siente las ondas de presión de las detonaciones de los cañones silenciosos. El transportador ataúd y las naves cabal realizan un desgarrador intercambio de artillería. La maniobra de distracción ha funcionado. "Apuntad al centro. Desplegad las ballestas", vocifera Caiatl. "Informadme cuando hayáis tomado el puente de mando". Un resplandor esmeralda mana de las profundidades del cañón del transportador ataúd como un caldero burbujeante con dientes de obsidiana. El cañón, la enorme columna vertebral de algún leviatán, se enciende con diez mil runas de la colmena. El transportador ataúd escupe llamaradas maléficas que vencen sin esfuerzo a dos destructores cabal. Caiatl avanza horrorizada y ve cómo sus cuerpos estallan en una explosión de fuego de alma. "¡No permitáis que ese cañón vuelva a disparar! ¡Proteged a los destructores!". Mira al puente de mando. "Velocidad mínima de salto. ¡Máxima potencia al motor principal!". Caiatl señala el transportador ataúd. "¡Activad el ariete y preparaos para el impacto!". El buque insignia se abalanza sobre el transportador ataúd, descargando toda la munición y las ojivas para ablandar el caparazón del transportador. Caiatl se dirige a uno de los legionarios del puente cuando el transportador ataúd se expande más allá del mirador que se encuentra a sus espaldas. "Tráeme el escudo". *** Al otro lado del Arrecife, la reina Mara Sov observa, por una apertura de la Ciudad Onírica, cómo se desarrolla la batalla en sus fronteras. Se estremece con cada explosión en la distancia. Petra desearía poder interpretar qué piensa su reina, pero lo único que ve es esa fría mirada depredadora que analiza el tamaño y la fuerza del otro. Petra echa un vistazo al cuchillo con el que Mara juguetea y se da cuenta de un detalle que no había visto antes: dos cernícalos con las alas entrelazadas grabados en la hoja; las líneas son tan finas que, para verlo, tiene que entrecerrar los ojos. Petra frunce el ceño. "¿Mi reina?", pregunta, pero Mara no desvía la mirada de la batalla. "Los juegos bélicos de Caiatl mantendrán a Xivu Arath ocupada mientras nos centramos en salvar a las técnidas perdidas", dice Mara. Con la punta del cuchillo, recorre la línea más larga de su palma. "Ninguno de los dos bandos podrá lanzar un ataque a gran escala contra la Ciudad Onírica mientras el otro lo ataque". "¿Primero Savathûn?", aventura Petra. La expresión estoica de Mara desaparece. Mira la hoja y a los cernícalos gemelos; hay algo en su propio reflejo que la inquieta. "Primero Savathûn", responde y envaina el arma para no tener que pensar en ello.