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Entrada 3: La jerarquía del dolor

Han desplegado a mi querido amigo Bracus Lume, seguramente en algún miserable lugar del sistema solar, siguiendo los planes de Caiatl para frustrar los de la colmena. Si mi padre conservara un mínimo de pasión, creería que esta misión de Lume forma parte de un plan para detenerme. Un favor pedido y concedido. Un recordatorio de que es él quien me concede mis esfuerzos, clientes, cuentas, etc. La generosidad de un padre controlador: mi vida es un regalo de su parte. Sin embargo, mis aliados de Tex Mecánica no han detectado ninguna misiva, directiva u orden del despacho de mi padre que pretenda detener mi proyecto. Se pasa la vida toqueteando piezas de museo y chismes de la Vanguardia. Me pregunto si será consciente siquiera de que existe un mundo más allá de su mesa de trabajo. Su crueldad no conoce límites. Es un cobarde muy listo, y este retiro es una de sus tácticas favoritas. Creo que le gustaría que me pudriese en la finca familiar y guardase silencio de nuevo. Yo era un niño callado y él, un coloso. Me tapaba y me escabullía por los fríos pasillos de nuestra casa, huyendo del sonido amortiguado de su ira; era un fantasma por voluntad propia, para protegerme. Cuando mi madre enfermó y murió, mi padre se volvió silencioso, apático. Aquel fue su primer retiro. Me ignoraba tanto que creí de verdad que me había vuelto invisible. Llegué a pensar que había muerto con mi madre. Aquello era aún peor que su ira; también estaba perdiendo a mi padre. Pero ahora soy mayor y más valiente. No sé si mi padre me ha cortado las alas o no. No me importa. Yo cuidaré de mí mismo. Estoy acostumbrado a estar solo. Pero también he estado explorando otras formas de existir, incluso las que prohíbe la Vanguardia. En este mundo hay textos fascinantes: libros y registros que hablan de la claridad de los objetivos y de los métodos para alcanzarla. He probado muchos: la meditación, la religión, la autorrealización… Pero todos han fallado, excepto uno: un antiguo texto de providencia segura, una exégesis de los sermones del Pájaro Gemelo, de la Estrella Binaria. La agonía y el dolor existen —decía el Pájaro Gemelo—, pero no todo el dolor es inútil. A veces, el dolor pule, martillea la agonía afilada y le da la forma de una hoja; crea una herramienta como mecanismo de supervivencia y perfecciona al afligido. Así que empecé a correr. Miles de pasos; cada uno de ellos, un momento de dolor. Cada aguijonazo me anclaba en el presente. El dolor funcionó. El dolor me guio. El dolor me condujo al poder. Lo que la Vanguardia y el Pájaro Gemelo llamaban "Oscuridad", yo lo llamo un nuevo camino. La Luz viene a por ti cuando mueres, pero solo si así lo decide. La Oscuridad siempre está ahí, en tu interior, esperando a que te aferres a ella y la saques a la superficie. Así, tuve una relevación: tenía que intentar entrar en comunión con ella. Tracé rutas en mis carreras que me llevaron a las profundidades de la Ciudad. Entre la gente, en sus parques y en sus calles, llenos de sonidos, de vida y de seres…, de otros que no temían la vida, sino que la creaban, que componían su cacofonía natural, en un patrón tan amplio que yo no era capaz de percibirlo. Pero yo era también una de sus partes; la placa de Petri es un universo pandemónico para una única célula, pero está completamente inmóvil para el ojo humano. Creo que la Luz es egoísta. Al ver el estado de la Última Ciudad bajo el refugio olímpico de la Vanguardia se entiende esto. La Luz manda a sus Espectros y reanima solo a los muertos que considera dignos sin reparar jamás en los vivos desesperados. Los eleva a las elegantes plataformas de la Torre y condena a los demás a vivir sin su don. Esta historia es muy común en la Última Ciudad. Yo lo sé bien: a mí también me pasó. Mi madre murió, regresó y me abandonó. Mi padre me relegó a los anales de su memoria y pasó página como si yo también hubiera muerto. Pero, en la Ciudad, la gente me acogió. Los estibadores, los vagabundos, los tenderos: todos corrían a hacer sus recados y a todos se les había negado el don de la Luz, pero estaban sometidos a su gobierno. Yo desaparecía entre ellos, pero no me olvidaban conscientemente. No me desdeñaban. En cualquier momento durante mis excursiones, podía detenerme y hablar con alguien, compartir un momento de conexión y verlos también. Me movía entre ellos como si fuera parte de su comunidad, alguien que compartía sus sueños y aspiraciones, alguien a quien veían y escuchaban. El Viajero tiene el poder de dar forma a la realidad, pero hay mendigos en los distritos pobres de la Última Ciudad. Hay niños que pasan hambre. Patrullas en las calles. ¿De dónde surgen la violencia y los delitos que se cometen por necesidad? ¿Del individuo cuyo destino ya era horrible antes de nacer o de los grandes sistemas que están por encima de ellos y mantienen el statu quo? Mi propia riqueza —aunque me la pueden arrebatar— no es un escudo. No es un arma. Es dinero fiduciario. Una divisa que solo resulta útil si juego siguiendo el reglamento de la Luz. La Luz sigue un patrón a la hora de elegir a sus adeptos. Creo que calcula cuánto se desequilibrará la jerarquía del dolor cuando intervenga. Creo que la Luz quiere hacerme daño, pero la Oscuridad quiere que haga algo con ese dolor.