Entrada 2: Qué madre
He sabido que mi madre está muerta más tiempo del que la conocí con vida. Recuerdo breves momentos: quedarme dormido sobre su hombro mientras me llevaba a casa tras una celebración, cómo me enseñó a nadar o cómo cantaba mientras lavaba los platos. Recuerdo sentirme a salvo con ella. Cuando mi padre gritaba, su voz lo hacía callar. Me protegía. Esos recuerdos me consolaban.
Hasta que la vi.
Estaba en el mercado de la plaza Bonnet, en el distrito oeste, almorzando fuera de la sede central de Tex Mecánica. Los encargados de logística de Caiatl, los lamebotas de mi padre, los incidentes en las fábricas tres y cuatro… Un día para olvidar.
La había enterrado. No era más que ceniza. Pero, en aquel momento, vi que mi madre atravesaba la multitud con su Espectro revoloteando alrededor de su cabeza. Ya llevaba tres años muerta. No sabía cómo, la Luz había dado con ella. Parece que solo hacía falta ceniza.
Otros dos elegidos de la Luz marchaban junto a ella, armados hasta los dientes y atados a sus titiriteros. Los elegidos, de camino a alguna misión sagrada para salvar a la humanidad. Ella estaba radiante y sonrojada, como si el calor que la incineró le diera ahora fuerzas desde dentro. Grité horrorizado, incapaz de contenerme. Tenía sentido: era obvio que el Viajero concedería a mi querida madre el don con el que sueñan todos los niños de la Última Ciudad…, el que anhelan todos los ancianos moribundos cuando se alejan de la corriente de la vida. Una vida eterna sin miedo.
Pero, cuando la abracé gritando su nombre en medio de una multitud entusiasta, ¿qué hizo mi madre?
Me empujó.
Sentí el impulso abrasador de la energía solar en su fuerza. Un recordatorio chisporroteante en el pecho cuando me tropecé y caí hacia atrás. No había ni rastro de reconocimiento en sus ojos, solo incomodidad; la mirada que se les dirige a los mendigos vociferantes que se acercan demasiado. Fría. Era fría. Era horrenda, un doppelgänger, un homúnculo. Su estúpido Espectro cantarín me ordenó que me apartara y se alejaron. Los viandantes me ayudaron a levantarme. Desconocidos, pero más amables que mi propia madre.
¿Es esta la verdad de la Luz? ¿Es esto lo que hace? ¿Reanima a los muertos y los posee con Espectros, titiriteros que los enganchan a la vida como peces en un anzuelo? ¿Para abusar de la desesperación y subyugar a la Ciudad en este sueño envenenado? ¿Qué milagro separa a una madre de su hijo? Ahora, mis recuerdos de ella son maldiciones. Me pesan como el plomo. Cada uno es un ascua ardiente.