The Grimoire Archive
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Realis

La Mente Imperecedera yace en el Jardín; ruinas de metal que han cedido ante la vegetación, un túmulo que se alza sobre tierra negra rica en nitrógeno y pensamientos. Todo en el Jardín acaba formando parte del Jardín. Las hojas caídas se descomponen y fertilizan la tierra, así como los huesos y las ideas tácitas de todos los que no pudieron salir del laberinto. Así como las canciones sin letra de los jardineros vex. Caminan entre las hojas, alientan su crecimiento y asientan sus sendas de bronce, las únicas siluetas rectas entre los enredos del Jardín. Los vex se entremezclan con el Jardín y el Jardín les devuelve el favor. Las arpías patrullan en el aire y los goblins lo hacen en el suelo, con sus tocados atravesando el aire en calma en sus incesantes e incansables rondas. Los caminos yacen romos contra el granito. No los recorre ningún poder, no desde que el Corazón dejó de latir. Los vex de los Divisivos Sol se han autoprogramado para venerar a la Oscuridad. Ya les ha dado poder antes. Y los vex comprenden el tiempo: lo que una vez ha sucedido, de algún modo, siempre vuelve a pasar. Lo que ocurrirá está ocurriendo ahora. La tierra sin explotar durante una temporada se recuperará y dará frutos de nuevo. El poder que se desvanece volverá a crecer si el terreno está preparado para ello. Las arpías se detienen donde están, un temblor las recorre una a una en orden de punta a punta del Jardín. Un titileo. Una ola de poder proveniente de un lugar lejano. Un latido. El poder que lleva alumbra los caminos. El ojo de la Mente parpadea por un solo instante bajo un manto de líquenes. El poder atraviesa el Jardín, invade la maquinaria vex en su interior e inunda la red más allá. Un instante que se prolonga como la orilla después de que la marea se retire. Motas de algo que no es polvo flotando en el aire. Los caminos de bronce vibran en contraste con la canción de los goblins. Y las puertas del Jardín vibran con ellos.