Volitivo
227.97
La cosa va a así: tú, Maya, Shim y Duane-McNiadh os adentráis con mucho cuidado en la red de información vex. Tomáis una posición segura. Tenéis que traducirlo todo en metáforas para entenderlo. Tomad. Y esto es como caminar en una cuerda floja que resbala: Maya y tú os apoyáis. Si Shim se resbala, lo ayudas a subir. Exploras. Y sigues adelante.
227.3
La cosa va a así: tú, Maya, Shim y Duane-McNiadh os adentráis con mucho cuidado en la red de información vex. Tomáis una posición segura. Tenéis que traducirlo todo en metáforas para entenderlo. Tomad. Y esto es como hacer una transformada de Fourier sobre uno mismo por el bisel de un reloj solar. Si tropiezas, Shim y Duane-McNiadh vuelven a levantar entre ellos. Acabas con las rodillas despellejadas, pero no pasa nada. Exploras. Y sigues adelante.
227.218
La cosa va a así: tú, Maya, Shim y Duane-McNiadh os adentráis con mucho cuidado en la red de información vex. Maya dice es como deslizarse montaña abajo sobre una tabla de surf. Duane-McNiadh hace comentarios desalentadores sobre avalanchas, pero lo hace un paso por delante de ti. Todos estáis deseando empezar.
Llegas a un lugar que es la simulación de un mundo que no reconoces: las colinas ondulan a causa de un grano ligeramente iridiscente; el color de su tallo es el eco de un cielo púrpura. Algo suena en la distancia. Un pájaro, tal vez. Una forma que puede ser el Viajero descansa en el horizonte lejano; la cáscara de un huevo del tamaño de una luna abandonada en el suelo. Una telaraña con grietas. No hay luz que emerja de ellos.
Duane-McNiadh camina demasiado rápido, sin comprobar dónde pisa. Ha desaparecido en un abrir y cerrar de ojos al precipitarse por un límite de la simulación que no había visto. Cuando vas donde ha caído y tuerces la cabeza en un ángulo en concreto, el mundo se entrega al negro vacío con brillantes alambres formando esquemas que no hacen nada por iluminarlo. Pones la cabeza en su postura normal y no hay nada más que trigo morado y el lejano cantar de un ave desconocida.
–Debemos ir tras él –dice Maya–. No podemos dejarlo sin más...
Estáis en shock, demacrados. Shim se agacha a por una piedra, entrecierra los ojos y la lanza por lo bajo al límites de la simulación. Desaparece antes de dibujar en el aire la mitad de un arco. Sacude la cabeza.
Maya y tú repetís el experimento con la cabeza ladeada como gorriones nerviosos. Cuando tus piedras golpean el vacío, primero se desintegran en un esquema brillante y luego se pierden en la negra nada.
Retrocedes. Dejas una lápida en la subida de la colina, por si sirve de algo. Le lloras. Y sigues adelante.
227.7
Pierdes a Shim.
227.33
Pierdes a Duane-McNiadh.
227.200
Los cuatro juntos ensambláis una radio para contactar con otros equipos. Cada noche, cuando paráis a descansar, paseáis por los canales con la esperanza de que otro equipo haya tenido la misma idea. En un acantilado hecho de cristal cubierto con una capa delgada de tierra arenosa y una capa aún más delgada de hierba, obtenéis una respuesta que es casi inteligible.
La noche siguiente, descansáis a la orilla del mar bajo el acantilado de cristal. Te despiertas antes del amanecer debido a unos gritos. No te da tiempo a averiguar qué está pasando antes de te que pase, al final, a ti.
227.72
Pierdes a Maya.
227.41
Pierdes a Maya.
227.59
Pierdes a Maya.
Lloras. Pensar que hay otras Mayas en algún sitio no ayuda. No eran la Maya junto a la que te desconcertaron unas flores de basalto vivas, un mundo con diecisiete lunas, un continente que Shim había jurado por activa y por pasiva que era la Australia del siglo XVI y que Duane-McNiadh no dejaba de llamar Pangea. Habías encontrado una simulación con una ciudad donde descubriste una joyería, escogiste un collar y se lo diste a ella para desearle un feliz pseudoaniversario.
A Maya no le gustaban las pulseras; decía que siempre la molestaban para trabajar. Volvía a llevar el pelo algo desaliñado y le hacía falta un corte. Nunca decidía si quería dejárselo crecer o no. Se reía de ti cuando hacías pesas para mantener esos músculos simulados, pero siempre te ayudaba.
Hay otras Mayas en algún lugar, capas de ellas que conducen a la original, esté donde esté. Esperas que les vaya bien, pero eso no evita que eches de menos a esta Maya, que extrañes las peleas y los descubrimientos que habríais compartido durante el resto de la vida que prometisteis pasar juntas.
Shim y Duane-McNiadh te alejan de la tumba de Maya. Sobre ella descansa un lirio de basalto con los pétalos tan finos que dejar pasar la luz.
Y sigues adelante.