The Grimoire Archive
Grimorio Rastreador Libros

Lodi, Wisconsin, 1962

Tengo 37 años y las manos frías. Empiezo a saber qué esperar. Papá ha muerto y tenemos que arreglar cuentas. Tengo que contarle todo a mi hermano Ben. Con pelos y señales. Igual eso termina uniéndonos. Me paro en la esquina de South Main, frente al banco. Miro el reloj; Ben llega tarde. El anochecer es de un color naranja pútrido, según las noticias, por unos incendios forestales en Canadá. Lodi está callado. Llevaba cinco años sin ir a la granja. Cuesta llegar hasta allí; la logística del corazón. Oigo la antigua camioneta de papá retumbar por la esquina de Portage Street y, durante un instante, pienso que es él quien lo conduce, pero el momento dura lo mismo que un destello del ocaso sobre el parabrisas. Es cierto que ahora Ben se le parece mucho. Para la camioneta detrás de mi coche y me saluda con una sonrisa afectuosa aunque triste. "Hola, Lou", dice al bajarse, y me da un abrazo. Cuando nos separamos, me estiro el traje. "No me puedo creer que esa carraca siga andando". La camioneta está limpia y pintada de un alegre verde menta. Estoy demasiado rato callado. Ben es médico y sabe leer a los pacientes. "¿Estás bien, Lou?". Me apoyo en mi coche y me masajeo el puente de la nariz. Tengo 37 años. Lodi, Wisconsin. Aquí es donde tengo que contarle todo. El océano que nos separa. "No sé cómo ordenar mis pensamientos", respondo. "Cómo hablar de ello". "Bueno, ya estamos hablando", me dice. Se apoya en el coche a mi lado. "Soy tu hermano mayor, además de un médico cojonudo con autoridad para prescribir medicamentos. ¿Qué te pasa?". Es la guerra; una guerra sin cuartel. Cuando dividimos el átomo, pusimos nuestro mundo en el mapa. Ahora lo saben todas las bestias del bosque oscuro. Me conocen a mí, y a ti. "Siento que ahí arriba hay un cabronazo que intenta abrir una brecha entre nosotros", le confieso. "Y que otro desgraciado intenta estirar esa brecha hacia el otro lado". Sacudo la cabeza. "Perdón, estoy hecho un lío". "Lo sé", contesta Ben. Sus ojos delatan que sabe algo, y me doy cuenta de que, en parte, siempre lo ha sabido. Su cansancio equivale a ese lastre indescriptible. Quizá en otro idioma… "¿Te acuerdas de cuando lo robamos?", le pregunto señalando la camioneta. "Nos quedamos sin gasolina", contesta Ben. "Cerca de una ciudad pequeña". "Assumption". "¿Al final llegamos a casa del tío Tomás? No me acuerdo". "Aún no". Ben vuelve a estar ahí. Es hora de intervenir. "¿Te acuerdas de lo que vimos? ¿Esa otra cosa?". Una epifanía. Ben lo entiende: somos testigos el uno del otro. Nuestra constante mutua desde aquel día en la carretera que llevaba a Assumption. Y por fin está aquí conmigo. "¿Qué te dijo?". "Que todo iba a salir bien". La puerta del banco se abre y aparece una joven. Es la secretaria del director, que gesticula para que pasemos. "Por inverosímil que suene". Ben asiente mientras se limpia una lágrima del ojo. Se separa del coche, se mete las manos en los bolsillos de la chaqueta y avanza unos pasos hacia el banco, pero se detiene y da media vuelta. "Ven a cenar esta noche". "Ya estoy allí", respondo.