Escondidos en casa
Eva comprobó la hora en la pequeña radio que aferraba contra su pecho. Parecía imposible, pero no habían pasado ni dos horas desde que había estado con Tess, riéndose. Para ella, el tiempo se había alargado como los caramelos que se vendían en el festival de la Aurora. Habría jurado que hacía días de todo eso. Antes incluso, había estado en el piso de su prima, abrazando a Valentina. Despidiéndose de Luis…
"Eva, no les debemos nada". Una tos ronca. Uno de los civiles. Las ásperas voces de todos acusaban la realidad del momento; las cenizas llenaban el aire y era imposible aclararse la garganta.
Eva se tapó la boca con un paño y respondió con un graznido: "¿Cómo te atreves?". Su voz se elevó furiosa. "¿Te han mantenido a salvo toda tu vida y ahora pretendes abandonarlos sin más?".
Los motivos de la discusión yacían inconscientes sobre el suelo del almacén. Un cuarteto de guardianes heridos y con hemorragias que atravesaban sus ostentosas armaduras. Incluso mientras sopesaba qué hacer con su pequeño grupo, no pudo evitar apreciar el estilo de sus atuendos. El cazador era el más elegante, no podía ser de otra manera.
El hombre que discutía con ella era barrigón y sin ningún sentido de la estética; llevaba un insulso uniforme de funcionario: un empleado del Consenso. Frunció el ceño y farfulló: "Si casi no podemos movernos, ¿cómo vamos a hacerlo cargando con un puñado de guardianes heridos y sin poderes? ¿Por qué íbamos a arriesgar…?".
"¿Acaso ellos no han arriesgado sus vidas cientos de veces por nosotros?". Se quitó el paño de la cara y escupió una flema y cenizas a un lado. Si su madre la hubiera visto hacer eso, habría muerto ella. "Tenemos que seguir avanzando, tenemos que mantenerlos con nosotros y tenemos que resistir. Esto, sea lo que sea, es temporal".
Hizo una mueca, pero prosiguió. "Cuando recuperen la Luz, ellos…".
Su diatriba fue breve, pues un estallido de estática surgió de la radio, tan fuerte que tuvo que dejarla caer. La carcasa reforzada absorbió el golpe, y todos pudieron oír la voz grave del comandante Zavala cuando empezó a hablar. "Ciudadanos de la Última Ciudad. Prestad atención".
Como si de personas a punto de morir de sed se tratase, los civiles rodearon la radio. Zavala había sido un pilar, un rayo de esperanza, durante sus vidas. Seguro que él…
"Vamos a abandonar la Ciudad. Hemos evacuado a todos cuantos hemos podido, pero los cabal están cazando a los guardianes en las calles. Si podéis, huid a los bosques". Eva sintió como si le hubieran dado un puñetazo.
"Los cabal han colocado un dispositivo en el Viajero que ha cortado nuestra conexión con la Luz. No podemos salvar la Ciudad y no podemos protegeros". Hubo una pausa prolongada, pareciera que quería elegir las palabras con cuidado. Cuando volvió a hablar, dio la impresión de estar extremadamente agotado.
"Estableceremos un punto de encuentro en algún lugar del sistema, estad atentos a las transmisiones. Algún día regresaremos a la Ciudad, pero… no sé cuándo". Otra pausa. "Tened cuidado. Y sed valientes". Y así concluyó.
A su favor, es importante señalar que ningún miembro del grupo gritó. Aunque solo habían pasado unas horas, seguían con vida porque habían aprendido a no delatar su posición. Aunque sí que hubo llantos. Las lágrimas formaron surcos en los rostros cenicientos; esos mismos rostros que se miraban los unos a los otros intentando comprender la situación.
Eva no lloró. Tenía la mirada fija en la radio, y en lo único que podía pensar eran los hombros de Zavala. A menudo bromeaba con él sobre el tamaño de las hombreras de su armadura, sobre esa enorme placa del hombro izquierdo. Y ahora… por algún motivo, pudo entenderlo. El peso sobre sus hombros…
Eva se puso en pie y todas las miradas se clavaron en ella. Se estremeció ligeramente. A continuación, eligió las palabras con mucho cuidado: "Muchos de ellos se están marchando. Por tanto, debemos ayudarlos". Señaló a los guardianes. "Si conseguimos sacarlos con vida, podrán protegernos, mantenernos a salvo". Echo un vistazo al grupo, algunas personas asintieron.
"¿Adónde iremos?", preguntó una mujer.
Eva bajó la mirada hacia la radio. "Los cabal habrán oído todo. Vigilarán los muros. Nos estarán esperando". Miró hacia arriba, inspeccionando la habitación. "Así que nos quedaremos. Iremos a los límites de la Ciudad y buscaremos un lugar para escondernos de los cabal".
La costurera se agachó, recogió la radio y se la colgó al hombro. "Todo el mundo arriba. Nos espera un largo camino hasta la Grieta del Crepúsculo".