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Una nueva rutina

Llegar a las afueras de la Ciudad fue un calvario. Cada día que pasaba, el dominio de los cabal se intensificaba. Grupos de civiles y algún que otro guardián intentaban huir, pero terminaban abatidos por un enjambre de naves sedientas de sangre. Las calles no eran más seguras, las patrullas avanzaban conjuntamente y los tanques retumbaban por los distritos. Los años que Eva había dedicado a apoyar a los guardianes, y a escuchar sus anodinas charlas, le habían llenado la cabeza con información sobre estos terroríficos invasores. Comprendió que estaban peinando todos los bloques de manera rigurosa, lenta y predecible. Tal y como se lo describieron en la Torre. Su grupo estaba escondido, y solo se movía cuando lo hacían los cabales. Esa cautela los llevó hasta los confines de la Ciudad, hasta zonas que habían sido abandonadas mucho tiempo atrás y en las que la vida no era más que una sombra proyectada sobre las paredes. Los habitantes consultaban a Eva todos los días para organizar patrullas que se dedicaban a buscar comida en el centro. Durante las tardes, elaboraban estrategias para los días venideros. Para su gran satisfacción, pasaba las noches sentada, hilo y aguja en mano, para que los supervivientes no pasaran frío. A medida que los tres guardianes se recuperaban (perdieron al titán de camino a la Grieta), empezaron a ofrecerles consejo. Por sugerencia suya, los supervivientes nunca permanecían en el mismo sitio más de uno o dos días. Apostaban vigías cada noche y encendían la radio día sí y día no para escuchar las transmisiones. En busca de posibles transmisiones. En busca de esperanza. Eva se encontraba en la estancia cuando los guardianes oyeron la voz de Zavala. Su concisa declaración se repitió en bucle. "Si queda Luz en el sistema… nos reuniremos en Titán". Eva cerró la puerta para que los demás civiles no los escucharan hablar. La otra hechicera, Tam, se había presentado como la hermana de Trinh. Insistían en que debían intentar escapar del planeta, de algún modo, y dirigirse a Titán. El cazador, Ramos, permanecía firme en su postura de quedarse. El debate fue perdiendo fuelle y cuando hicieron una pausa, los tres guardianes la miraban a ella. Levantó las manos y dijo: "Confío en que hagáis lo correcto". Se quedaron. Y rápido se convirtió en una pieza fundamental de la… operación. Lo que había empezado como una lucha por sobrevivir pasó a ser un intento organizado de evacuar a los habitantes de la Última Ciudad. Las partidas que iban en busca de alimentos regresaban con más personas de las que salían. Los exploradores rastrearon los límites de la Ciudad y descubrieron rutas de huida, los lugares menos vigilados por las patrullas de los cabal. Eva descubrió que las mismas habilidades que utilizaba para planificar las vacaciones en la Torre eran de valiosa ayuda a la hora de organizar este movimiento clandestino. Utilizó las pizarras de antiguas escuelas para crear un horario y escribía en la parte posterior de formularios y circulares para "realizar entregas" a los civiles y a algún que otro guardián sin Luz. Día sí y día también, esta se convirtió en su relajada rutina diaria. Pasó a un segundo plano dentro de los Clandestinos: planificar, trasladarse, coser, repetir. Incluso cuando lograron contactar con la Villa, y llevar supervivientes a la Zona Muerta Europea se convirtió en el objetivo principal, allí estaba Eva para asegurarse de que los trenes salían a su hora. Después de reflexionar un poco, solicitó que su labor no se divulgara. Consiguió informar a algunas personas, como a Tess, de que seguía con vida, y para ella era más que suficiente. Pudo abandonar la Ciudad en decenas de ocasiones. Pero siempre que se planteaba huir por una salida o marcharse con un convoy, se detenía. Se tranquilizaba. Y volvía al trabajo. Así fue cómo Eva Levante vivió los meses de la Guerra Roja.