I - La Gran Corriente
Mi familia me puso el nombre de Ithriiks (que significa "corazón robusto") y me mantuvo en alto, a la sombra de la Gran Máquina. Mi nombre de nacimiento fue elegido para ensalzar mi fuerza como cría, mientras que el nombre que escogería simbolizaría mis aspiraciones. En mi tercera muda, elegí el nombre de Inaaks, "manos ligeras". Iba a ser la mejor tejedora que nuestra casa hubiera conocido. Estaba segura de ello.
Entonces, nuestro mundo se acabó, y… ya no estaba segura de nada.
El fin de nuestra civilización llegó desde fuera hacia dentro, como una mano que se cierra lentamente alrededor de una garganta. Al principio no parecía real: Riis había desaparecido y mi Casa se hallaba atrapada a bordo de un queche, a sabiendas de que no quedaba nada a nuestra espalda. Durante mucho tiempo, lanzamos llamadas de socorro a la oscuridad con la esperanza de que alguien de la Gran Corriente nos encontrara y nos rescatara. Pero la ayuda nunca llegó. En cada mundo satélite que visitábamos, la historia era la misma: desolación, muerte y desesperación. Las semanas de búsqueda se convirtieron en años, y llegué a temer que fuéramos la única nave que logró escabullirse de los oscuros dedos proverbiales de la destrucción. ¿Éramos los últimos? Teníamos que mantener la esperanza de que no fuera así.
Mientras viajábamos a la deriva entre las estrellas, perdimos a algunos miembros de nuestra Casa. Tejí las más delicadas mortajas conmemorativas para nuestros muertos, para que pudieran descansar seguros y en paz. Después, la ovotela se agotó, y ya no pudimos otorgarles la dignidad de la vinculación. Al final, mis manos ligeras sirvieron para separar la carne muerta del caparazón. No íbamos a morir de hambre en la oscuridad.
Mi hijo nació en un mundo de aislamiento, abandono y sufrimiento. Debería haber aplastado su huevo y convertirlo en tela. Siempre me arrepentiré de no haberlo hecho, pero mi sentimentalismo por el viejo mundo se impuso y la amarga esperanza en el futuro me detuvo. Le puse el nombre de mi padre. No sabía si continuaríamos con la tradición de los nombres de nacimiento y los nombres elegidos. ¿Para qué servía ya? ¿Qué importaba?
El padre de mi hijo murió unas semanas después de su nacimiento. No se lo echó de menos. Fue mejor así. No lamenté su muerte.
Pasaron años antes de encontrarnos con otro queche. Llevaba el sello de la Casa de los Bailarines, famosa por su habilidad con las máquinas y su generosidad con los necesitados. Su kell accedió a enviar a una emisaria para discutir nuestras necesidades. Conocía a la emisaria Eramis de cuando éramos niñas. Pero ahora, en la edad adulta, lo único que sabía de ella es que tenía esposa y crías.
Había llegado a desear que el Tornado se lo hubiera arrebatado todo. Me odié por ello.
Eramis ya no era la niña dócil que una vez conocí; lo noté en cuanto la recibí a bordo de nuestro queche. Venía acompañada de dos crías que apenas tenían edad para caminar solas. Eran unas criaturas pequeñas y traviesas. La más rechoncha intentaba constantemente tirar de los brazos de la más alta, hasta que Eramis la regañó. Yo llevaba a mi hijo colgado del pecho como muestra de confianza.
Las negociaciones fueron tensas. Enseguida me di cuenta de que la Casa de los Bailarines no tenía ningún interés en compartir sus recursos, sino, más bien, en calcular nuestras vulnerabilidades. Cuando quedó claro que no era fácil neutralizarnos y despojarnos de nuestro éter, encontramos un punto intermedio. Se llevarían materiales de nuestra nave para las reparaciones y, a cambio, acogeríamos a algunos de los suyos entre nosotros, además de una cantidad ínfima de éter. Los enviaba a morir con nosotros en lugar de dejarlos abandonados en las profundidades del frío espacio, a la vista de cualquiera. Descubrí en quién se había convertido Eramis y el tipo de ideales por los que se guiaba: "Dos manos para saludar y dos manos ocultas".
Era un trato injusto, y Eramis lo sabía. "Vuestra alternativa es la muerte", dijo.
Una voz de cobarde escapó de mi boca cuando rechacé esa opción. Le pregunté dónde estaba su esposa con la esperanza de hacerla sentir, aunque fuera por un momento, tan desesperanzada como yo. Ni siquiera se inmutó, y me endilgó las dos crías que traía consigo. No eran suyas, como había supuesto, sino los primeros de la Casa de los Bailarines que aceptaríamos a cambio del éter.
Demasiadas manos y poco éter para seguir adelante. La solución más sencilla era también la más difícil. Pero teníamos que encontrar la manera de reducir nuestro número de nuevo.