II - El susurro oscuro
Habíamos navegado por la Gran Corriente durante siglos, pero todavía no había aceptado nuestra nueva realidad. Mi hijo solo había sido testigo de una pequeña parte de ello. Todavía era joven y le costaba comprender su lugar en el mundo. Los dos niños de la Casa de los Bailarines, Rakis y Siviks, eran algo más mayores y se habían convertido en sus amigos a regañadientes. Lo protegían de los adolescentes que le robaban el éter cuando yo no estaba para impedirlo. Yo no los consideraba realmente una familia, pero aún no había comprendido que el queche es familia.
Una vez que encontramos la Gran Máquina, descubrimos que había engrandecido a una nueva especie. Les confirió un poder muy superior al que nos había otorgado nunca a nosotros. Esa traición llevó a algunos de nuestra Casa a la desesperación, a otros, a la muerte y, a muchos, a la violencia. Adaptarnos a la traición iba a ser nuestro siguiente desafío. Me dejé guiar por los consejos envenenados de los cobardes de caparazón blando e intenté hablar con los nuevos elegidos de la Gran Máquina: los usurpadores.
Pagaron la amabilidad de la Máquina con violencia. Mataron a tres de mis amigos más cercanos. Más tarde, descubrí que les quitaron los caparazones y usaron su quitina como armadura. Aprendimos todo lo que pudimos sobre esos usurpadores, como que sus extremidades eran blandas y se podían arrancar con mucha más facilidad que las nuestras. Llegué a adorar el sonido de sus gritos.
Si la violencia era el único idioma que hablaban, que así fuera. El tiempo me había hecho hablarlo con soltura.
Algunos de los de mi Casa se negaron a abandonar las viejas costumbres. Esos idiotas se envolvieron en las vestimentas ingenuas de los simbiontes para rezarle a un dios que nos había condenado. Podrían contemplar su fracaso con lo poco que quedaba de sus vidas en la fría oscuridad. Yo no tenía tiempo para ellos, salvo para incitarlos a participar en las incursiones. Si queríamos recuperar la Gran Máquina, no íbamos a conseguirlo postrándonos como niños llorones. Teníamos que hacerlo por la fuerza.
Matamos a los elegidos de la Gran Máquina y cogimos lo que pudimos de entre las entrañas podridas de su mundo moribundo. Nos refugiamos entre las sombras de su luna polvorienta, donde las ruinas de los usurpadores sobresalían como huesos entre el polvo. Todo estaba vacío y en silencio, pero resultaba de utilidad dejar esos viejos huesos limpios.
En una de esas expediciones, amarré a mi hijo a mi espalda y me dispuse a recoger una gran cantidad de huesos. Pero lo más valioso no fueron las bobinas de cable giratorio, las planchas de chapa de acero o los fragmentos de cristal cortado, sino lo que encontramos enterrado bajo los huesos, lo que estaba enterrado más al fondo.
Ese día, atravesamos túneles oscuros en los que había algo espantoso supurando como una infección bajo la superficie de la luna. Unas criaturas horribles que apestaban a tierra húmeda chillaban como animales moribundos y desgarraban la carne. Poseían una ferocidad que nunca habíamos visto antes, y los de mi grupo de incursión fueron diezmados uno a uno. Y, cuando parecía que estas criaturas acabarían también con el resto de nosotros…, se detuvieron.
Parece que oyeron algo, algo que las aterrorizó, lo que nos hizo preguntarnos: "¿A qué le tienen miedo los monstruos?". Las criaturas corrieron hacia sus madrigueras y se esfumaron en el templo subterráneo del que habían salido. Por un momento, me pareció oír algo también. Algo suave, como un susurro, pero tan enérgico como un grito. Entonces, lo vimos, en una grieta más allá del templo. Era el verdadero tesoro de esta polvorienta tumba lunar:
una pirámide de color negro azabache que nos abría sus puertas.